El precio de conocer el amor nunca es muy alto

Una película perfecta es como un pensamiento verdadero, la correspondencia exacta entre dos mundos que solo se tocan para que nos transformemos. En estas películas, la música no es nunca un mero decorado, una secuencia de claves emocionales para descifrar la trama, sino más bien una dimensión transversal, un lugar donde suceden las emocionas indescifrables de una historia. Bernard Herrmann fue un compositor excepcional que trabajó con grandes directores y escribió partituras memorables. Ninguna, sin embargo, como la de Vértigo, de Alfred Hitchcock. Este “tema de amor”, de obvia inspiración wagneriana (Tristán e Isolda) debe ser escuchado antes, durante y después de ver la célebre escena de amor de Vértigo,cuando la cámara da un giro completo alrededor de los amantes, y no nos importa que nos engañen ni que nos adelanten el final, ni que nos manipulen, porque el precio de conocer el amor nunca es muy alto. O mejor dicho, siempre lo es, no importan las circunstancias.

 

Xenakis y el precipicio

El pensamiento es como el mundo -esto no es novedad- pero el mundo que se piensa siempre está retrasado respecto del otro en el que se vive -esto ya lo dijo Hegel. Cuando tratamos de extender los límites de nuestro mundo mental, nos comportamos como aquellos marinos europeos del siglo XV, que se imaginaban que más allá del horizonte conocido, el mar terminaba en un precipicio. La música de Xenakis nos ayuda a asomarnos a ese precipicio.