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Hace ya mucho, el 19 de mayo de 1976, los admiradores de Jorge Luis Borges supimos con asombro primero y con cierta ingenua indignación más tarde, de la reunión que sostuviera con el dictador Videla. Poco antes había sido homenajeado por Augusto Pinochet, a quien le repitió el infame consejo, hasta ese momento casi olvidado, que Leopoldo Lugones dispensara a los militares golpistas del 30: era la hora de la espada y había que usarla. El lector que conoce un poco de historia sabe de las bajezas de escritores, poetas y filósofos de todos los tiempos y lugares; pareciera, sin embargo, que el siglo veinte, y nuestra América Latina, tuvieron más de la cuota que les correspondía.

Heidegger, a quien detesto sin atenuantes, o Louis Ferdinand Celine, a quien admiro con fervor, son ejemplos notorios de una contradicción universal que suele expresarse como la disparidad entre la inteligencia y la ética, aunque trasciende con mucho un marco moral tan esquemático. Francia y Alemania confrontan permanentemente su herencia dolorosa y es poco probable que un estudio serio sobre ellos desconozca o disminuya la importancia de sus actuaciones públicas (excluyo de esta consideración, precisamente por su falta de seriedad, los malabares retóricos de Derrida en Francia o los mucho más reprochables ejercicios de “transgresión” de Sloterdijk en Alemania). Nuestros críticos y nuestras instituciones, por el contrario, solo parecen capaces del elogio ditirámbico, como podemos comprobar en los innumerables homenajes, foros, artículos de prensa o estudios académicos de que es objeto, sin la mínima sombra de un análisis, la figura de Borges.

Para muchos, la apología de la tortura y el asesinato fue la consecuencia natural de toda una vida de propagar ideas repugnantes; para quienes siempre lo odiaron, en general por razones mezquinas o injustas, fue la constatación de la verdad de sus críticas tempranas. ¿No había Borges jugado el peligroso juego de atizar la xenofobia contra los inmigrantes vascos e italianos? ¿No había sido, acaso, el más inteligente y culto de los defensores de aquella aristocracia que nos brindaría el espectáculo escandaloso de la Década Infame?

Para otros se trató de un pecado menor, casi un desliz, cuando no, de un gesto irónico o una boutade. No falta, y me temo que son legión, quienes ignoran totalmente las dimensiones del problema; después de todo, ¿cuántos lectores son capaces de escuchar la incitación contra el inmigrante en un cuento tan “filosófico”, si se quiere, como Funes, el memorioso? ¿Cuántos pueden descifrar las claves de una alusión maliciosa, el tono de un adjetivo, el sentido pleno de un nombre? Ricardo Piglia ha señalado algunos de estos temas y Juan José Sebreli ha hecho un esfuerzo inteligente por dilucidar la compleja presencia de Borges en el panorama cultural contemporáneo. Pero no es común entre nosotros. La superficialidad de algunos libros sobre Borges es asombrosa. Pienso en ese gran prosista, tan exaltado y tan injusto, que fue Juan Nuño, pero también en las abundantes columnas de nuestros periódicos, mucho menos inteligentes que Nuño, dedicadas al elogio desmedido y a la repetición de lugares comunes. ¿Será que nunca van a dejar de escribir sobre los laberintos y los espejos como si se tratara de un hallazgo?

Es cierto que en los años 80 del siglo pasado Borges cambió de actitud, firmó un remitido de prensa exigiendo que se hiciera público el destino de los desaparecidos y emitió declaraciones sumamente cándidas sobre lo que sus amigos militares hacían. Para los familiares de las víctimas y los exiliados, para quienes perdieron amigos en aquella orgía de sangre, este reconocimiento llegó muy tarde y no cambió en nada el juicio final sobre el hombre y sus compromisos. Pareciera que nuestras sociedades latinoamericanas, que cuidan y miman a sus héroes, no pueden o no quieren ajustar cuentas con su pasado reciente, sobre todo si esto perjudica el siempre equívoco sentido del orgullo nacional o, más probablemente, las ventas de libros. Por otra parte, el oficio de la literatura puede ser más complejo de lo que imaginan las exigencias del placer estético y sus efectos más imprevisibles que aquello que la prensa es capaz de analizar en profundidad y estas delimitaciones constituyen los extremos que anudan el complejo ideológico que estamos criticando.

En sus comienzos Borges fue el objeto de una crítica partidaria feroz. Se lo atacó por sus ideas, sus prejuicios y sus posturas estéticas. Hombres como Jorge Abelardo Ramos o Héctor Murena, ambos escritores de calidad, desarrollaron una batería de agravios de carácter policial que más tarde sería usada por todos los dictadores, incluíos Videla y Pinochet: “enemigo de la patria”, “cosmopolita”, “cipayo”. Ante esa arremetida que incluyó también a los nacionalistas, a los nazis y a muchos de la izquierda era un problema de elemental decencia defender a Borges. Curioso es que pasáramos del rechazo general a la idolatría, tan rápido.

Es posible que al lector venezolano todo esto le parezca una controversia bizantina, lejana e irrelevante. Si se me dice que la lectura de Borges no se desmerece por sus canalladas estaré totalmente de acuerdo: pocos libros más disfrutados y releídos por mí que Ficciones, El Aleph o El Hacedor. Pero si se me dice que en el plano más general de las valoraciones culturales las consideraciones sociales, éticas y filosóficas carecen de lugar diré que eso es falso. La literatura es, después de todo, el medio natural en el que estas consideraciones se expresan. Las polémicas sobre los Cuadernos Negros de Heidegger, o la reciente controversia en Francia sobre la celebración del centenario de Celine, nos muestran que hay quienes todavía sufren las consecuencias de una visión mezquina y simplificadora de la cultura y un mínimo sentido crítico que debería llevarnos, por lo menos, a conocer los hechos.

Publicado en Lectura Tangente, 16/10/2016

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