Maneras de leer a Borges

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(El pasado 23 de octubre estuvimos en la clausura de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo -Filuc- en un panel sobre Borges con el profesor franco-venezolano José Sánchez Lecuna y la escritora francesa Mélanie Sadler, moderado por nuestra amiga Graciela Galli. Comparto el texto de mi ponencia; hice algunas correcciones, pero respeté el desorden de la intervención oral)

Hay tres maneras de leer a Borges, o a cualquier autor, y estas maneras no son excluyentes ni incompatibles entre sí, ya que se pueden dar en todos nosotros, simultáneamente o en distintas lecturas de un mismo libro y que dependen, por supuesto, del libro y de nosotros, de nuestras características personales, hábitos de lectura, formación. Dependen también, con mucho más fuerza, del contexto social e histórico en el que vivimos y de las distancias entre este contexto y el que dio origen al libro, sean estas temporales, espaciales o de mentalidad. Debo aclarar que estas consideraciones no se refieren a los tipos de lectores de Wolfgang Iser o a la teoría de la recepción; se trata más bien de una cartografiá muy personal y posiblemente arbitraria de los lectores cuyo único mérito es que me ha servido para pensar a Borges.

Tenemos la lectura individual y solitaria, la del entretenimiento o el puro disfrute, esa que se corresponde con el estereotipo del lector desocupado de Cervantes, el lector distraído del sofá y la chimenea de Flaubert o incluso el lector hipócrita que pretendía escandalizar Baudelaire. Puesto que se trata de una experiencia individual y privada no hay reglas ni criterios más allá de los que se impone el lector mismo y no creo tener mucho que decir.

Tenemos la lectura atenta de los críticos y de los lectores informados, de quienes leen para obtener un beneficio, para aprender o para escribir ensayos y reseñas de libros. En una época esta lectura era difícil porque requería la posesión física de los libros. Hoy, gracias a internet, hay una especie de promiscuidad de la lectura. Si antes, como diría Borges, era el azar de las bibliotecas, privadas o publicas, lo que decidía qué leíamos, hoy es el caos del acceso indiscriminado, la proliferación de blogs y páginas de opinión lo que nos provee la información, en general superficial, cuando no copia de copias de copias, con las que se forman las opiniones.

Este lectura de los críticos ha producido obras notables, como los libros de Beatriz Sarlo o de Juan José Sebreli y una cantidad de ensayos más o menos intrascendentes, como es el caso de Vargas Llosa o Carlos Fuentes, de cuya lectura lo único que aprendemos es lo mucho que sabe el autor sobre Borges y muy poco sobre Borges mismo.

Entre estos extremos de la gran crítica y la crítica inútil hay toda una gama de autores y libros que se olvidan tan pronto como se leen. Solo voy a mencionar a Derrida y De Man, que se destacan por una prosa soberbia al servicio de la paradoja y de las afirmaciones indemostrables. Latinoamérica parece ser un continente en el que abundan los ensayistas y dudo que haya algún escritor nuestro de renombre que no haya escrito por lo menos una nota sobre Borges. Por supuesto que Harold Bloom o George Steiner han dejado páginas inteligentes que todo interesado en Borges debe conocer, pero en mi caso personal solo me han aportado distracción. Es curioso que una lectura que se supone quiere ir más allá de la distracción termine siendo solo una distracción más.

Hay una tercera lectura, que me parece, es la que verdaderamente importa, y es la lectura creativa. Borges leyó a Kafka y a Marcel Schwob, a Poe, al Quijote de esta manera, como Deleuze leyó a Michel Tournier, como Proust leyó a Flaubert. Esta lectura produce efectos materiales, genera escrituras y libros, multiplica los mundos y sus conexiones. Es, por decirlo en lenguaje deleuziano, una lectura espinosista.

La obra de Foucault, de Deleuze, de Sloterdijk, por mencionar a tres autores que han sido importantes para mi, no hubiera sido igual sin sus lecturas de Borges. Pudiéramos decir lo mismo de Derrida o de Blanchot, solo que estos no me interesan, me resultan hostiles, pero sin duda Borges, de alguna manera, los hizo ser lo que fueron.

Dadas las restricciones de tiempo, mencionaré un solo ejemplo: Las Palabras y la Cosas comienza con una cita de Borges que el autor desarrolla de manera creativa y que sirve de punto de partida a una de las reflexiones más originales de nuestro tiempo. Se puede o no estar de acuerdo con Foucault -y yo no lo estoy para nada- pero no es posible negar su importancia en el mundo contemporáneo, por no hablar de la belleza de su prosa y de la audacia de su empresa.

Cito a Foucualt:

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita “cierta enciclopedia china” donde está escrito que “los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas”. En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.

La lectura de Borges hace que germinen mundos complejos y se reproduzcan en el alma. En mi caso personal, me abrió las puertas a otros autores que solo conocía de nombre o que ignoraba completamente. De Quency, Chesterton o Coleridge se me revelaron en una luz completamente diferente después de leer a Borges. La Anatomía de la Melancolía dejó de ser esos enormes volúmenes aburridos de la biblioteca de mi padre y se convirtió, al menos en mi juventud, en una fuente inagotable de noticias y de placeres que de otra forma me hubieran sido inaccesibles.

Nota bene: Para bien o para mal, eso solo lo pueden decir mis amigos y mi familia, soy lo que soy en gran medida por la lectura de Borges, tal vez mucho más que por otros autores. Los libros nos hacen. En el caso de Borges, como en el de Dostoievski, Celine o Dickens, tengo que conciliar mi amor por sus libros con mi rechazo por sus actuaciones públicas. Para muchos se trata de un tema menor y yo puedo entenderlo así porque, por ejemplo, es infrecuente que el antisemitismo de Dostoievski interfiera con mi lectura de Los hermanos Karamazov o Crimen y Castigo, así como es muy poco probable que las canalladas de Celine me impidan disfrutar del Viaje al fin de la noche. De alguna manera los pogroms de la rusia zarista o las llamadas a una masacre en la Francia ocupada son eventos lejanos y su influencia sobre nosotros se ha ido borrando con el tiempo, hasta convertirse en una referencia, a veces erudita, a mundos ya desaparecidos.

Pero la apología que hiciera Borges de la dictadura de Videla sucedió en el mismo espacio temporal en que muchos amigos fueros asesinados o sometidos a tormentos, en la época en que miles, decenas de miles, tuvimos que irnos de Argentina. Por esa razón para mi no es un simple detalle biográfico. Detesto a Borges, a lo que representa, a la clase social que defendió y de la que fue vocero. Por ellos siento, como dijo una vez Sartre, un odio que solo morirá conmigo. Afortunadamente su obra, con pocas y notables excepciones, está por encima de estas cosas y me ha brindado muchas horas de felicidad. Esta contradicción es muy interesante y muy difícil de explicar y mucho más difícil de vivir con ella. Es la paradoja de la creación. Lo creado -pienso que Dios lo supo- tiene una cierta autonomía, no siempre está a la altura de lo que el creador desea. Dios ya destruyó el mundo una vez por esa decepción que le produjo su obra y amenaza con hacerlo nuevamente. Me da tristeza la obra de Dios. Pero me alegro de que la obra de Borges le haya sido infiel.

Como ven, la desobediencia al creador no siempre es mala.

Muchas gracias.

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Borges, Videla y Pinochet, después de tanto tiempo

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Hace ya mucho, el 19 de mayo de 1976, los admiradores de Jorge Luis Borges supimos con asombro primero y con cierta ingenua indignación más tarde, de la reunión que sostuviera con el dictador Videla. Poco antes había sido homenajeado por Augusto Pinochet, a quien le repitió el infame consejo, hasta ese momento casi olvidado, que Leopoldo Lugones dispensara a los militares golpistas del 30: era la hora de la espada y había que usarla. El lector que conoce un poco de historia sabe de las bajezas de escritores, poetas y filósofos de todos los tiempos y lugares; pareciera, sin embargo, que el siglo veinte, y nuestra América Latina, tuvieron más de la cuota que les correspondía.

Heidegger, a quien detesto sin atenuantes, o Louis Ferdinand Celine, a quien admiro con fervor, son ejemplos notorios de una contradicción universal que suele expresarse como la disparidad entre la inteligencia y la ética, aunque trasciende con mucho un marco moral tan esquemático. Francia y Alemania confrontan permanentemente su herencia dolorosa y es poco probable que un estudio serio sobre ellos desconozca o disminuya la importancia de sus actuaciones públicas (excluyo de esta consideración, precisamente por su falta de seriedad, los malabares retóricos de Derrida en Francia o los mucho más reprochables ejercicios de “transgresión” de Sloterdijk en Alemania). Nuestros críticos y nuestras instituciones, por el contrario, solo parecen capaces del elogio ditirámbico, como podemos comprobar en los innumerables homenajes, foros, artículos de prensa o estudios académicos de que es objeto, sin la mínima sombra de un análisis, la figura de Borges.

Para muchos, la apología de la tortura y el asesinato fue la consecuencia natural de toda una vida de propagar ideas repugnantes; para quienes siempre lo odiaron, en general por razones mezquinas o injustas, fue la constatación de la verdad de sus críticas tempranas. ¿No había Borges jugado el peligroso juego de atizar la xenofobia contra los inmigrantes vascos e italianos? ¿No había sido, acaso, el más inteligente y culto de los defensores de aquella aristocracia que nos brindaría el espectáculo escandaloso de la Década Infame?

Para otros se trató de un pecado menor, casi un desliz, cuando no, de un gesto irónico o una boutade. No falta, y me temo que son legión, quienes ignoran totalmente las dimensiones del problema; después de todo, ¿cuántos lectores son capaces de escuchar la incitación contra el inmigrante en un cuento tan “filosófico”, si se quiere, como Funes, el memorioso? ¿Cuántos pueden descifrar las claves de una alusión maliciosa, el tono de un adjetivo, el sentido pleno de un nombre? Ricardo Piglia ha señalado algunos de estos temas y Juan José Sebreli ha hecho un esfuerzo inteligente por dilucidar la compleja presencia de Borges en el panorama cultural contemporáneo. Pero no es común entre nosotros. La superficialidad de algunos libros sobre Borges es asombrosa. Pienso en ese gran prosista, tan exaltado y tan injusto, que fue Juan Nuño, pero también en las abundantes columnas de nuestros periódicos, mucho menos inteligentes que Nuño, dedicadas al elogio desmedido y a la repetición de lugares comunes. ¿Será que nunca van a dejar de escribir sobre los laberintos y los espejos como si se tratara de un hallazgo?

Es cierto que en los años 80 del siglo pasado Borges cambió de actitud, firmó un remitido de prensa exigiendo que se hiciera público el destino de los desaparecidos y emitió declaraciones sumamente cándidas sobre lo que sus amigos militares hacían. Para los familiares de las víctimas y los exiliados, para quienes perdieron amigos en aquella orgía de sangre, este reconocimiento llegó muy tarde y no cambió en nada el juicio final sobre el hombre y sus compromisos. Pareciera que nuestras sociedades latinoamericanas, que cuidan y miman a sus héroes, no pueden o no quieren ajustar cuentas con su pasado reciente, sobre todo si esto perjudica el siempre equívoco sentido del orgullo nacional o, más probablemente, las ventas de libros. Por otra parte, el oficio de la literatura puede ser más complejo de lo que imaginan las exigencias del placer estético y sus efectos más imprevisibles que aquello que la prensa es capaz de analizar en profundidad y estas delimitaciones constituyen los extremos que anudan el complejo ideológico que estamos criticando.

En sus comienzos Borges fue el objeto de una crítica partidaria feroz. Se lo atacó por sus ideas, sus prejuicios y sus posturas estéticas. Hombres como Jorge Abelardo Ramos o Héctor Murena, ambos escritores de calidad, desarrollaron una batería de agravios de carácter policial que más tarde sería usada por todos los dictadores, incluíos Videla y Pinochet: “enemigo de la patria”, “cosmopolita”, “cipayo”. Ante esa arremetida que incluyó también a los nacionalistas, a los nazis y a muchos de la izquierda era un problema de elemental decencia defender a Borges. Curioso es que pasáramos del rechazo general a la idolatría, tan rápido.

Es posible que al lector venezolano todo esto le parezca una controversia bizantina, lejana e irrelevante. Si se me dice que la lectura de Borges no se desmerece por sus canalladas estaré totalmente de acuerdo: pocos libros más disfrutados y releídos por mí que Ficciones, El Aleph o El Hacedor. Pero si se me dice que en el plano más general de las valoraciones culturales las consideraciones sociales, éticas y filosóficas carecen de lugar diré que eso es falso. La literatura es, después de todo, el medio natural en el que estas consideraciones se expresan. Las polémicas sobre los Cuadernos Negros de Heidegger, o la reciente controversia en Francia sobre la celebración del centenario de Celine, nos muestran que hay quienes todavía sufren las consecuencias de una visión mezquina y simplificadora de la cultura y un mínimo sentido crítico que debería llevarnos, por lo menos, a conocer los hechos.

Publicado en Lectura Tangente, 16/10/2016