Maneras de leer a Borges

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(El pasado 23 de octubre estuvimos en la clausura de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo -Filuc- en un panel sobre Borges con el profesor franco-venezolano José Sánchez Lecuna y la escritora francesa Mélanie Sadler, moderado por nuestra amiga Graciela Galli. Comparto el texto de mi ponencia; hice algunas correcciones, pero respeté el desorden de la intervención oral)

Hay tres maneras de leer a Borges, o a cualquier autor, y estas maneras no son excluyentes ni incompatibles entre sí, ya que se pueden dar en todos nosotros, simultáneamente o en distintas lecturas de un mismo libro y que dependen, por supuesto, del libro y de nosotros, de nuestras características personales, hábitos de lectura, formación. Dependen también, con mucho más fuerza, del contexto social e histórico en el que vivimos y de las distancias entre este contexto y el que dio origen al libro, sean estas temporales, espaciales o de mentalidad. Debo aclarar que estas consideraciones no se refieren a los tipos de lectores de Wolfgang Iser o a la teoría de la recepción; se trata más bien de una cartografiá muy personal y posiblemente arbitraria de los lectores cuyo único mérito es que me ha servido para pensar a Borges.

Tenemos la lectura individual y solitaria, la del entretenimiento o el puro disfrute, esa que se corresponde con el estereotipo del lector desocupado de Cervantes, el lector distraído del sofá y la chimenea de Flaubert o incluso el lector hipócrita que pretendía escandalizar Baudelaire. Puesto que se trata de una experiencia individual y privada no hay reglas ni criterios más allá de los que se impone el lector mismo y no creo tener mucho que decir.

Tenemos la lectura atenta de los críticos y de los lectores informados, de quienes leen para obtener un beneficio, para aprender o para escribir ensayos y reseñas de libros. En una época esta lectura era difícil porque requería la posesión física de los libros. Hoy, gracias a internet, hay una especie de promiscuidad de la lectura. Si antes, como diría Borges, era el azar de las bibliotecas, privadas o publicas, lo que decidía qué leíamos, hoy es el caos del acceso indiscriminado, la proliferación de blogs y páginas de opinión lo que nos provee la información, en general superficial, cuando no copia de copias de copias, con las que se forman las opiniones.

Este lectura de los críticos ha producido obras notables, como los libros de Beatriz Sarlo o de Juan José Sebreli y una cantidad de ensayos más o menos intrascendentes, como es el caso de Vargas Llosa o Carlos Fuentes, de cuya lectura lo único que aprendemos es lo mucho que sabe el autor sobre Borges y muy poco sobre Borges mismo.

Entre estos extremos de la gran crítica y la crítica inútil hay toda una gama de autores y libros que se olvidan tan pronto como se leen. Solo voy a mencionar a Derrida y De Man, que se destacan por una prosa soberbia al servicio de la paradoja y de las afirmaciones indemostrables. Latinoamérica parece ser un continente en el que abundan los ensayistas y dudo que haya algún escritor nuestro de renombre que no haya escrito por lo menos una nota sobre Borges. Por supuesto que Harold Bloom o George Steiner han dejado páginas inteligentes que todo interesado en Borges debe conocer, pero en mi caso personal solo me han aportado distracción. Es curioso que una lectura que se supone quiere ir más allá de la distracción termine siendo solo una distracción más.

Hay una tercera lectura, que me parece, es la que verdaderamente importa, y es la lectura creativa. Borges leyó a Kafka y a Marcel Schwob, a Poe, al Quijote de esta manera, como Deleuze leyó a Michel Tournier, como Proust leyó a Flaubert. Esta lectura produce efectos materiales, genera escrituras y libros, multiplica los mundos y sus conexiones. Es, por decirlo en lenguaje deleuziano, una lectura espinosista.

La obra de Foucault, de Deleuze, de Sloterdijk, por mencionar a tres autores que han sido importantes para mi, no hubiera sido igual sin sus lecturas de Borges. Pudiéramos decir lo mismo de Derrida o de Blanchot, solo que estos no me interesan, me resultan hostiles, pero sin duda Borges, de alguna manera, los hizo ser lo que fueron.

Dadas las restricciones de tiempo, mencionaré un solo ejemplo: Las Palabras y la Cosas comienza con una cita de Borges que el autor desarrolla de manera creativa y que sirve de punto de partida a una de las reflexiones más originales de nuestro tiempo. Se puede o no estar de acuerdo con Foucault -y yo no lo estoy para nada- pero no es posible negar su importancia en el mundo contemporáneo, por no hablar de la belleza de su prosa y de la audacia de su empresa.

Cito a Foucualt:

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita “cierta enciclopedia china” donde está escrito que “los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas”. En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.

La lectura de Borges hace que germinen mundos complejos y se reproduzcan en el alma. En mi caso personal, me abrió las puertas a otros autores que solo conocía de nombre o que ignoraba completamente. De Quency, Chesterton o Coleridge se me revelaron en una luz completamente diferente después de leer a Borges. La Anatomía de la Melancolía dejó de ser esos enormes volúmenes aburridos de la biblioteca de mi padre y se convirtió, al menos en mi juventud, en una fuente inagotable de noticias y de placeres que de otra forma me hubieran sido inaccesibles.

Nota bene: Para bien o para mal, eso solo lo pueden decir mis amigos y mi familia, soy lo que soy en gran medida por la lectura de Borges, tal vez mucho más que por otros autores. Los libros nos hacen. En el caso de Borges, como en el de Dostoievski, Celine o Dickens, tengo que conciliar mi amor por sus libros con mi rechazo por sus actuaciones públicas. Para muchos se trata de un tema menor y yo puedo entenderlo así porque, por ejemplo, es infrecuente que el antisemitismo de Dostoievski interfiera con mi lectura de Los hermanos Karamazov o Crimen y Castigo, así como es muy poco probable que las canalladas de Celine me impidan disfrutar del Viaje al fin de la noche. De alguna manera los pogroms de la rusia zarista o las llamadas a una masacre en la Francia ocupada son eventos lejanos y su influencia sobre nosotros se ha ido borrando con el tiempo, hasta convertirse en una referencia, a veces erudita, a mundos ya desaparecidos.

Pero la apología que hiciera Borges de la dictadura de Videla sucedió en el mismo espacio temporal en que muchos amigos fueros asesinados o sometidos a tormentos, en la época en que miles, decenas de miles, tuvimos que irnos de Argentina. Por esa razón para mi no es un simple detalle biográfico. Detesto a Borges, a lo que representa, a la clase social que defendió y de la que fue vocero. Por ellos siento, como dijo una vez Sartre, un odio que solo morirá conmigo. Afortunadamente su obra, con pocas y notables excepciones, está por encima de estas cosas y me ha brindado muchas horas de felicidad. Esta contradicción es muy interesante y muy difícil de explicar y mucho más difícil de vivir con ella. Es la paradoja de la creación. Lo creado -pienso que Dios lo supo- tiene una cierta autonomía, no siempre está a la altura de lo que el creador desea. Dios ya destruyó el mundo una vez por esa decepción que le produjo su obra y amenaza con hacerlo nuevamente. Me da tristeza la obra de Dios. Pero me alegro de que la obra de Borges le haya sido infiel.

Como ven, la desobediencia al creador no siempre es mala.

Muchas gracias.

Borges, Videla y Pinochet, después de tanto tiempo

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Hace ya mucho, el 19 de mayo de 1976, los admiradores de Jorge Luis Borges supimos con asombro primero y con cierta ingenua indignación más tarde, de la reunión que sostuviera con el dictador Videla. Poco antes había sido homenajeado por Augusto Pinochet, a quien le repitió el infame consejo, hasta ese momento casi olvidado, que Leopoldo Lugones dispensara a los militares golpistas del 30: era la hora de la espada y había que usarla. El lector que conoce un poco de historia sabe de las bajezas de escritores, poetas y filósofos de todos los tiempos y lugares; pareciera, sin embargo, que el siglo veinte, y nuestra América Latina, tuvieron más de la cuota que les correspondía.

Heidegger, a quien detesto sin atenuantes, o Louis Ferdinand Celine, a quien admiro con fervor, son ejemplos notorios de una contradicción universal que suele expresarse como la disparidad entre la inteligencia y la ética, aunque trasciende con mucho un marco moral tan esquemático. Francia y Alemania confrontan permanentemente su herencia dolorosa y es poco probable que un estudio serio sobre ellos desconozca o disminuya la importancia de sus actuaciones públicas (excluyo de esta consideración, precisamente por su falta de seriedad, los malabares retóricos de Derrida en Francia o los mucho más reprochables ejercicios de “transgresión” de Sloterdijk en Alemania). Nuestros críticos y nuestras instituciones, por el contrario, solo parecen capaces del elogio ditirámbico, como podemos comprobar en los innumerables homenajes, foros, artículos de prensa o estudios académicos de que es objeto, sin la mínima sombra de un análisis, la figura de Borges.

Para muchos, la apología de la tortura y el asesinato fue la consecuencia natural de toda una vida de propagar ideas repugnantes; para quienes siempre lo odiaron, en general por razones mezquinas o injustas, fue la constatación de la verdad de sus críticas tempranas. ¿No había Borges jugado el peligroso juego de atizar la xenofobia contra los inmigrantes vascos e italianos? ¿No había sido, acaso, el más inteligente y culto de los defensores de aquella aristocracia que nos brindaría el espectáculo escandaloso de la Década Infame?

Para otros se trató de un pecado menor, casi un desliz, cuando no, de un gesto irónico o una boutade. No falta, y me temo que son legión, quienes ignoran totalmente las dimensiones del problema; después de todo, ¿cuántos lectores son capaces de escuchar la incitación contra el inmigrante en un cuento tan “filosófico”, si se quiere, como Funes, el memorioso? ¿Cuántos pueden descifrar las claves de una alusión maliciosa, el tono de un adjetivo, el sentido pleno de un nombre? Ricardo Piglia ha señalado algunos de estos temas y Juan José Sebreli ha hecho un esfuerzo inteligente por dilucidar la compleja presencia de Borges en el panorama cultural contemporáneo. Pero no es común entre nosotros. La superficialidad de algunos libros sobre Borges es asombrosa. Pienso en ese gran prosista, tan exaltado y tan injusto, que fue Juan Nuño, pero también en las abundantes columnas de nuestros periódicos, mucho menos inteligentes que Nuño, dedicadas al elogio desmedido y a la repetición de lugares comunes. ¿Será que nunca van a dejar de escribir sobre los laberintos y los espejos como si se tratara de un hallazgo?

Es cierto que en los años 80 del siglo pasado Borges cambió de actitud, firmó un remitido de prensa exigiendo que se hiciera público el destino de los desaparecidos y emitió declaraciones sumamente cándidas sobre lo que sus amigos militares hacían. Para los familiares de las víctimas y los exiliados, para quienes perdieron amigos en aquella orgía de sangre, este reconocimiento llegó muy tarde y no cambió en nada el juicio final sobre el hombre y sus compromisos. Pareciera que nuestras sociedades latinoamericanas, que cuidan y miman a sus héroes, no pueden o no quieren ajustar cuentas con su pasado reciente, sobre todo si esto perjudica el siempre equívoco sentido del orgullo nacional o, más probablemente, las ventas de libros. Por otra parte, el oficio de la literatura puede ser más complejo de lo que imaginan las exigencias del placer estético y sus efectos más imprevisibles que aquello que la prensa es capaz de analizar en profundidad y estas delimitaciones constituyen los extremos que anudan el complejo ideológico que estamos criticando.

En sus comienzos Borges fue el objeto de una crítica partidaria feroz. Se lo atacó por sus ideas, sus prejuicios y sus posturas estéticas. Hombres como Jorge Abelardo Ramos o Héctor Murena, ambos escritores de calidad, desarrollaron una batería de agravios de carácter policial que más tarde sería usada por todos los dictadores, incluíos Videla y Pinochet: “enemigo de la patria”, “cosmopolita”, “cipayo”. Ante esa arremetida que incluyó también a los nacionalistas, a los nazis y a muchos de la izquierda era un problema de elemental decencia defender a Borges. Curioso es que pasáramos del rechazo general a la idolatría, tan rápido.

Es posible que al lector venezolano todo esto le parezca una controversia bizantina, lejana e irrelevante. Si se me dice que la lectura de Borges no se desmerece por sus canalladas estaré totalmente de acuerdo: pocos libros más disfrutados y releídos por mí que Ficciones, El Aleph o El Hacedor. Pero si se me dice que en el plano más general de las valoraciones culturales las consideraciones sociales, éticas y filosóficas carecen de lugar diré que eso es falso. La literatura es, después de todo, el medio natural en el que estas consideraciones se expresan. Las polémicas sobre los Cuadernos Negros de Heidegger, o la reciente controversia en Francia sobre la celebración del centenario de Celine, nos muestran que hay quienes todavía sufren las consecuencias de una visión mezquina y simplificadora de la cultura y un mínimo sentido crítico que debería llevarnos, por lo menos, a conocer los hechos.

Publicado en Lectura Tangente, 16/10/2016

Cuando te ordenan desobedecer

Hace unos días vi en la televisión la película Steve Jobs. La vi completa, aunque me disgustó cada segundo de las dos horas que dura una película con todas sus interrupciones comerciales: quería ver hasta donde llegaba la simplicidad del guionista. Me gustan los productos Apple (el iPad cambió la manera en que leo y tomo notas) y admiro el talento de ingeniero de Jobs. Pero la exaltación hagiográfica y el insoportable melodrama de la película no solo no nos ayudan a entender a esta generación talentosa y afortunada sino que oscurecen el verdadero sentido del capitalismo contemporáneo. Desde hace más de dos décadas la prensa exalta la figura de los adolescentes caprichosos que se hicieron millonarios con sus innovaciones tecnológicas. Parece que detrás de este “éxito” no hay otra cosa que talento y audacia, y hasta una dosis de transgresión. La verdad es que si fuera por talento, audacia y transgresión, los habitantes de La Entrada o de Catia deberían ser millonarios, ya que día a día resuelven problemas mucho más difíciles y complejos que el diseño de una interface gráfica (con todo respeto). Parece que el trabajo acumulado de generaciones de ingenieros, obreros y técnicos no tuvo nada que ver con las genialidades de estos muchachos, por no hablar de los millones de trabajadores chinos e indios que sobreviven con céntimos de dólar al día y que hacen posible la industria y el consumo de los dispositivos electrónicos y del “software” actuales. Steve Jobs es tal vez el representante más notorio (junto a Bill Gates, Mark Zuckerman y una larga lista de nombres menos conocidos) de estos adolescentes adorados por los medios y por la juventud. Son un modelo a seguir porque jamás cuestionaron nada fundamental y cuando se enfrentaron con las injusticias del mundo que ellos ayudan a sostener, optaron por la moralización (“no hagas mal” es el lema de Google, la empresa que entrega los datos confidenciales de los luchadores sociales a los gobiernos represivos que se los piden) o por la caridad, esa forma tan deleznable de la opresión de los ricos sobre los pobres. Jobs, como Gates, como Page, está marcado por los mismos mitos y representa la misma constelación de valores, lugares comunes y mentiras de una industria que explota a los trabajadores norteamericanos y chinos sin misericordia. Qué lástima que la juventud no conoce a Alan Turing o Ada Lovelace, cuyas contribuciones fueron muchísimo más importantes! Supongo que no se puede hacer una película inspiradora sobre personajes incómodos, al menos una película honesta. Puse antes la palabra transgresión entre comillas, porque se trata de un falsa transgresión. Cuando los millonarios dicen “rompe las reglas”, “sigue tu propio camino” y esas bobadas que repiten en IESA y las escuelas de negocios, no están diciendo que rompas las reglas del capitalismo, de lo establecido, de lo imperante. Están diciendo que rompas con todos los prejuicios y temores que te impiden pasar por encima de los demás.Steve-Jobs-MITM-Poster.jpg

El Chapo, la policía, los periodistas y el cine

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Han atrapado otra vez al Chapo Guzmán: está en todos lo canales de televisión y en las redes sociales. La crónica de la captura que presenta hoy El País de España contiene todos los elementos de una mala película de acción. Parece que la fiscalía mexicana, que le sigue los pasos desde hace meses, encuentra una pista clave al enterarse de que el narcotraficante estaba contactando productores y actrices para hacer una película sobre su vida. La marina mexicana, única fuerza que aparentemente no ha sido “tocada” todavía por los narcos y que está a cargo de la represión de estos delincuentes, armada y asesorada por la DEA norteamericana, rodeó su residencia y cuando pensaban que lo tenían, este escapa nuevamente por los túneles subterráneos que lo conectan a la red de desagüe. La policía suponía que haría eso (los policías comparten con los delincuentes las manera de pensar y sobre todo, de imaginar) y lo esperaban en el otro extremo. Como en un ejercicio de la teoría de juegos, el Chapo sabía que la policía sabía y sale a la superficie a mitad de camino, por una alcantarilla, quitándole la camioneta a un transeúnte a punta de pistola y protagonizando un intento de fuga que culminará con su detención, en el mejor estilo hollywoodiense. El Chapo pensaba hacer una película, seguramente imitando las vidas de mafiosos y asesinos que tanto gustan en el cine contemporáneo y terminó sin darse cuenta (¿será que no se dio cuenta?) escribiendo un guión sobre la marcha, un guión que ha sido parcialmente registrado por los medios de comunicación y que, de hacerse la película que tanto quería y que lo llevó, por ahora, a la perdición, suponemos usará este “footage” para acentuar su “realismo”.

El Chapo representa de manera muy significativa uno de los aspectos imaginarios centrales del fenómeno narco: su carácter de fantasía cinematográfica, en sus imágenes, en las acciones, en las palabras y en la ideas de sus protagonistas. Sobornos al mas alto nivel, fugas con túneles subterráneos, uso de alta tecnología y sobre todo violencia infernal, inimaginable, “de película”. La vida del Chapo se parece a una película de Brian de Palma o de Tarantino, las reseñas de la prensa parecen reseñas de películas y las opiniones de los agentes de la policía y los análisis de los periodistas son indistinguibles de las conversaciones de la farándula. Esta relación estrecha entre la imaginación criminal, pero también policial y periodística, y el cine, no es un mero accidente. Hay algo en el mundo contemporáneo que hace que la “realidad” y el cine se parezcan y se influyan de una manera más compleja que lo que que los lugares comunes de las teorías cinematográficas suponen.

El hecho de que sea nada menos que Sean Penn quien le hiciera al Chapo la ahora célebre entrevista para ese emblema mundial de la farándula “inteligente”, como es la revista Rolling Stone, una entrevista en la clandestinidad más extrema, en el mismo momento en el que diez mil marinos, fuerzas especiales y policías peinaban el territorio de México, buscándolo como “palito de romero” debe ser visto con cautela, incluso con suspicacia. ¿Se trata del atrevimiento de un productor de cine audaz que busca una historia de “gran contenido humano” (lo que quiera que la frase signifique en la mentalidad del espectáculo)? ¿Será tal vez una excelente oportunidad para que un gran actor y un director un poco menos grande gane mucha fama, dinero y premios con una primicia tan escandalosa? ¿Será, me pregunto, que solo un protagonista de los mundo del espectáculo tenía el interés y el talento para hacer brillar una historia de esta naturaleza? Mi hipótesis es más simple: Sean Penn y Hollywood son la otra cara del Chapo y del narcotráfico. No hablo de complicidades explícitas ni mucho menos de teorías conspiracionales, sino del hecho constatable de que los esquemas imaginarios de ambos mundos son comunes porque, de hecho, se han formado y determinado el uno al otro.

La imaginación es una potencia humana fundamental y la materia prima de las creaciones sociales e históricas. Hacer un esfuerzo por entender sus configuraciones y dilucidar su dinámica debe ser una de las tareas centrales del pensamiento humano si no no queremos que se limite a repetir mecánicamente y por lo tanto, a dejar de ser pensamiento.

Pasajero, de Néstor Mendoza

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La poesía existe de dos maneras: es intensa, conmueve, te atraviesa los ojos y algo de ella, aveces solo una palabra, pocas veces un verso, rara vez un poema completo, se te queda adherido. O pasa volando y se olvida, es leve y blanda, repite cosas ya dichas que nada agregan y entonces la repetición quita y disminuye. Estas dos maneras no están necesariamente vinculadas con la calidad. Son más bien como los sabores que se quedan en la boca después de la lectura, independientemente de los méritos literarios o los hallazgos temáticos que encontremos.  Pareciera que, en este sentido, la poesía no conoce el término medio: la recuerdas, con o sin tu consentimiento, o la olvidas, a veces piadosamente, sea buena o mala, técnicamente superior o mediocre, novísima o la quinta encarnación de un lugar común.

Es infrecuente entonces que me preocupe por un nuevo poemario, que lo relea o lo cite, como me sucede con Pasajero, del joven escritor Néstor Mendoza *, que me obsequió su autor hace casi un mes y que hoy releo con placer y lápiz en mano, ratificando con el subrayado mis primeros descubrimientos y agregando otros que la tranquilidad del día me permite.

Un poeta que celebra el amor y la belleza de su esposa, que describe y analiza el mundo de lo cotidiano y que se atreve al aforismo (que entre nosotros se llama refrán), en una época de imitaciones serviles y descubrimientos del agua tibia, se gana inmediatamente mi respeto y me recuerda que la poesía es muchas cosas y entre ellas, la encarnación más noble de la palabra. Pasajero tiene mucho de lo íntimo y de lo que parece (pero no es) prescindible y también un poco (¿un poco?) de lo trascendente; es, sin embargo, el uso preciso de un espacio intermedio entre estos extremos, con un lenguaje perfilado y austero, su mayor mérito, como lo propone el epígrafe de Montejo: No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio y lo ratifica uno de sus versos: Es suficiente la transición / sin pausa del rojo al verde...

En este terreno intermedio pasan los cuerpos de las mujeres, cuya belleza y sensualidad se hacen visibles y deseables sin que se las nombre directamente; se explicita lo que a primera vista no se ve ni sospecha, como los sudores y el dolor, o no se mira por falta de costumbre, como los dedos y las uñas; también las muchas huellas y partes del cuerpo, como ese de la adolescente que podemos imaginar demorándose en horas de contemplación en el espejo o esa forma reducida del cuerpo que es la calavera: Lo que alguna vez fue garganta, ahora es un / pequeño nido que esconde / varios pichones / aunque siempre tengo hambre, nunca me los / tragaría. Solo dejo que estén allí, / recibiendo / lombrices y el calor de otras plumas.

Creo que fue Borges que una vez dijo que un poema dice la verdad cuando comprobamos que lo que dice no pudo haber sido inventado. El poema que da titulo al libro es una descripción exacta, delicada y precisa de esta experiencia común como lo es viajar en “carrito”, esa forma tan peculiar de nuestro sistema de transporte colectivo: Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben // La mujer que anticipa su parada / se desplaza ente tantos, / rozan su cuerpo y nadie dice. La imagen se completa más adelante, en El lujo del sol: Por más que el paseante acomode / su cuerpo en el transporte, / a la izquierda o a la derecha, siempre / la luz lo cubre entero.

Señalar referencias o ecos de otros poemas (eso que llaman, con pedantería, la intertextualidad) no me agrada, porque es una de las formas de la reiteración de lo obvio de la que se abusa con frecuencia, pero no puedo evitar, cuando sucede tan claramente, escuchar el eco de otras voces en una voz, como me parece escuchar aquí a Eugenio Montejo: Se sabe que los árboles son estáticos / no se mueven por sí solos. / El viento hace que sus hojas se / reanimen / y por eso escuchamos los silbidos y más allá la voz de Antonio Machado: También quisiera limar el tronco / quitar la caspa que se distribuye / en algunos puntos específicos. / Las costras me incomodan… , cosa que no sé si asombrará o molestará al autor.

Igual sucede cuando tratanos de interpretar, de poner sentidos accesorios a un poema lo que en principio va contra la esencia de la poesía (aquello que no pudiera ser dicho de otra manera a como está dicho, creo que dijo Neruda). Pero no puedo evitar leer una insinuación de solidaridad política en Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, aunque el bello poema que la contiene no se agota en esta posible referencia y es un poderoso recordatorio de la realidad, del espacio que ocupa y de lo que hacemos o dejamos que hagan con ello.

¿Será un atrevimiento leer en las siguientes líneas: Hay distintas manera de picar // en partes iguales los apetitos, / que sería sencillo digerirte, / así, lentamente, sin sufrimientos, unas palabras sobre su esposa? En todo caso, esta es mi lectura, muy mía, limitada, parcial y seguramente equivocada, la que me hace gustar de este hermoso poemario y la que me lleva a recomendarlo, si tal cosa es posible.

* Pasajero, Néstor Mendoza, Dcir ediciones, junio de 2015

Tu muñeca será lo que quiera (o la imaginación bastarda)

Un comercial de Barbie nos dice que las niñas que juegan con la muñeca pueden ser lo que ellas quieran, desde veterinarias hasta coachs de un equipo de fútbol y por supuesto, profesoras de neurología, o algo así (veo el comercial sin sonido porque es de noche y mi esposa duerme a mi lado). Parece muy “emancipador”, muy contrario a la idea de que la industria de la felicidad infantil no es sino una máquina de fabricar consumidores idiotas. Pero este simpático comercial, diseñado para que los padres articulen ese inimitable “que bello!” que solo la clase media puede pronunciar con el encanto debido, no solo no es ningún intento por hacer algo diferente, no es un estímulo a la diferencia y la creación independiente sino, por el contrario, la ratificación más cínica de su papel en la cadena de la mercancía. Lo que nos demuestra una vez más, si hacía falta, que un discurso no es emancipador en sí mismo sino dependiendo de las fuerzas y los afectos que moviliza. (Ver comercial aquí).

Jeanne Mammen (1896-1976), sin título

El Gran Crimen: recordando el Genocidio Armenio

Goya: Fraile hablando con una vieja

Desde el pasado 24 de abril se conmemora, en todo el mundo, el centenario del Genocidio Armenio, denominado por este pueblo El Gran Crimen. El siglo XX, siglo cruel y deshonroso si los ha habido, se inaugura con la tragedia de un pueblo que en ese entonces constituía una importante minoría cristiana en el seno del Imperio Otomano. A partir de 1915 y hasta comienzos de la década de 1920, más de un millón y medio de hombres, mujeres, niños y ancianos fueron exterminados de diversas formas, mucho de ellos, en marchas forzadas por el desierto; murieron de sed, de enfermedades, de desesperación; una especie de patíbulo ambulante y prolongado, ya que antes de caer rendido se veía morir a los seres queridos. Esta matanza fue el antecedente directo, el modelo que inspiraría a los nazis un par de décadas más tarde. Desde entonces, todos los crímenes a gran escala por las que nuestra época es famosa se inspirarán los unos a los otros en una perversa espiral de imitación y perfeccionamiento de la crueldad.

Estos hechos, sin embargo, no deben reducirse a simplificaciones maniqueas, como lamentablemente está sucediendo con aquellos que pretenden enemistar a cristianos y musulmanes. El Imperio Otomano constituyó un espacio político que se extendió por Asia, África y partes de Europa que durante siglos representó el esplendor cultural y la civilización del Islam, cobijó la diversidad y propició la tolerancia religiosa y fue un refugio para los perseguidos en muchas latitudes, como es el caso de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. No se trata, por lo tanto, de un crimen “de los turcos” ni “de los musulmanes”, sino de un imperio, de una poderosa estructura política y militar que albergó en su seno lo mejor y lo peor de la humanidad, como sucede con todos los imperios. Lamentablemente en nuestros días es cada vez más común un sentimiento de islamofobia en los países llamados avanzados y cualquier excusa es buena para los ideólogos del racismo y la exclusión para impulsar su causa, así que deseamos enfatizar: estas reflexiones no se inscriben en esa corriente. Fue precisamente este tipo de sentimientos, utilizados cínicamente por quienes detentaban el poder, lo que hizo posible el genocidio armenio.

Las matanzas, masacres y atrocidades, tanto en la paz como en la guerra, han acompañado a la humanidad en todo tiempo y lugar, en Asia y en Mesoamérica, en África, en Europa, en la lejana Australia, en la antigüedad clásica y en la Edad Media, en el llamado Siglo de las Luces y en los tiempos de los Grandes Descubrimientos. Pero, como dice el tango Cambalache, “que el siglo XX es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue”. Somos contemporáneos de una de las épocas más terribles de la historia humana. El jurista polaco Raphael Lemkin en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada, de1944, a quien debemos el término y el concepto jurídico de genocidio, no se inspiró originalmente en el sufrimiento de sus correligionarios sino en la impresión que le causara las informaciones sobre el destino de los armenios.

El Gran Crimen debe ser visto en el contexto de las intervenciones de las potencias europeas (Estados Unidos aún no pertenecía a ese selecto club), de las matanzas que afectaron a turcos, kurdos, griegos, búlgaros, judíos y armenios. El controversial filosofo esloveno Slavoj Zizek ha sido de los pocos que resaltan el papel que jugarnos las potencias occidentales, por acción u omisión, en los muchos procesos violentos que se dieron en el marco de la disolución del Imperio Otomano. En un encuentro del año 2012 con estudiantes de la Universidad de Arte Mimar Sinan, en Estambul, dijo que “(…) Turquía debería disculparse. Pero al hacerlo debería implicar a Europa en este evento. El genocidio ha sido central en el proceso de construcción de los estado nacionales en Europa (…) Turquía solo repetía lo que había aprendido de Occidente”.

Los “negacionistas” cuentan entre ellos académicos de renombre, como Bernard Lewis, autor de numerosos libros sobre Medio Oriente, o aquellos que sin encajar muy bien en la definición de negacionista, tienden a disminuir la gravedad de los hechos, como el escritor Juan Goytiosolo, reciente premio Príncipe de Asturias y uno de los escritores más importantes de las últimas décadas. No faltaron quienes dijeron que en el caso de Lewis, esta actitud era consistente con su apoyo a las acciones de Israel contra los palestinos. Pero las cosas no son tan simples; al poco tiempo un grupo de intelectuales, entre ellos Elie Wiesel, quien pasó de ser un escritor admirado por muchos por su narrativa sobre el Holocausto a convertirse en un apologista incondicional de Israel, prácticamente desconociendo el sufrimiento palestino, firmó en el año 2000 una petición en el sentido contrario, en la que se decía, entre otras cosas: “El genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial es un hecho histórico incontestable y urgimos a las democracias occidentales a reconocerlo como tal”.

En el diario El País de España, 3 de junio de 2007 escribía Juan Goytisolo “En la parte oriental de Anatolia, numerosas iglesias abandonadas dan testimonio de una comunidad hoy desaparecida, y en Van, la antigua ciudad armenia sita al pie de la fortaleza fue sustituida por otra exclusivamente kurda. Dicho esto, y sin entrar en la batalla de cifras, me inclino a creer con Bernard Lewis que no hubo un genocidio planificado, fríamente llevado a cabo como el de los nazis contra los judíos”. Opinión respetable del gran escritor español. Sin embargo, el libro The Young Turks’ Crime Against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire (publicado en 2012), de Taner Akcam, un historiador turco de enorme prestigio ha producido una obra estremecedora, por la cantidad de documentos, algunos por primera vez accesible a un especialista, que demuestran de manera inequívoca las dimensiones y la naturaleza de estas masacres y no deja lugar a las dudas expresadas por Goytisolo o Lewis.

La resolución del Parlamento del MERCOSUR Nº 04/2007, con fecha 19 de noviembre de 2007, señala: “El Parlamento del MERCOSUR declara: Su más enérgica Condena al Genocidio Armenio que costó un millón y medio de vidas entre 1915 y 1923 ejecutado por el Imperio Turco Otomano y expresa su solidaridad con la justa causa del Pueblo Armenio”.

Nuestro país, junto con una parte importante de lo que se denomina “la comunidad internacional” ha declarado su reconocimiento del genocidio, el 14 de junio del año 2005, en una declaración del Parlamento Venezolano, entonces presidido por el actual mandatario Nicolás Maduro Moros.

Lo sucedido a los armenios tiene particular significación para Venezuela, ya que uno de los testigos de las matanzas de 1915 fue un destacado tachirense, un hombre que, en la tradición de Francisco de Miranda luchó en varios continentes y nos legó un testimonio de gran calidad historiográfica y literaria: Rafael de Nogales Méndez. Su obra Cuatro años bajo la media luna narra con gran estilo su participación en la Primera Guerra Mundial en calidad de oficial superior del ejército turco. Un libro que hoy constituye una lectura imprescindible sobre el tema que hemos abordado, una lectura apasionante y enriquecedora de quien nos ocuparemos en otro artículo. Sus memorias, de las que citaremos solo un breve pasaje, bastante citado, constituyen también una denuncia de estaos hechos, narrada con el dramatismo y repugnancia pero sin racionalizaciones:

HIENAS EN FORMA HUMANA

NUNCA HE SIDO UN FUERTE BEBEDOR. Pero debo confesar que no anhelé tanto un trago como en aquella soleada mañana del 18 de junio de 1915, cuando hicimos alto a nuestras cabalgaduras frente a las puertas de la ciudad de Sairt, la antigua capital de Kurdistán, cuyos minaretes se elevaban como agujas de resplandeciente alabastro en el cielo turquesa de Mesopotamia. Sobre un collado cercano, yacían sobre la nieve, en las faldas de los montes, millares de semidesnudos y sangrantes cadáveres de armenios. Me sugerían que también yo era sólo un esqueleto ambulante, casi listo para unirme a ellos en la muerte. Había sido sentenciado a morir por el veneno, el cuchillo o las balas. Sabía demasiado. Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta “mil turcos que habían aplastado la revolución de Armenia. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde. Khalil y varios otros jefes del partido de los jóvenes turcos, quienes habían cometido estos horrendos crímenes, se daban cuenta de que si yo llegaba con vida a Constantinopla, y divulgaba las informaciones que poseía, se verían en grandes dificultades para justificar su conducta. No sólo ante el sultán, sino también ante sus aliados, Alemania y Austria-Hungría, que venían haciendo todo lo posible para detener esas matanzas y deportaciones. Sin embargo, el hecho de que Khalil y Djevded hubiesen tratado de eliminarme, no significaba en lo más mínimo que abrigaran odio personal contra mí, por el contrario éramos los mejores amigos. Si intrigaban para quitarme la vida era por espíritu de propia conservación. Si hubiera estado en lugar de ellos probablemente habría procedido en la misma forma. Habría buscado la manera de eliminar a Bey Nogales, para luego dirigir un telegrama a Constantinopla, describiendo cómo había muerto honrosamente combatiendo por las glorias del califato y los verdes pendones del Pegamber… ¡Lah-Illah-Il-Lalah!”

(Tomado del tomo II de sus Memorias, publicadas por Biblioteca Ayacucho y disponibles en línea de manera gratuita).

Los testimonio de historiadores, de testigos presenciales, de diplomáticos de sacerdotes y pastores protestantes, de ciudadanos europeos y, muy importante, de escritores y ciudadanos turcos, son numerosos, de alta calidad literaria e historiográfica y llevan en su propia escritura, en su entonación, en la lógica de sus discursos, el sello de su autenticidad irrefutable. La cantidad de material disponible en Internet, en muchos idiomas y con distintos niveles de complejidad, por no mencionar los testimonios de las víctimas mismas y de sus descendientes, nos obligan a reconocer una realidad y nos impiden argumentar cualquier clase de escepticismo, indiferencia o relativización, al menos si deseamos conservar la coherencia intelectual y el rigor moral.

Como la Shoa de los judíos, como la Nakba de los palestinos, el genocidio de los armenios es una catástrofe de la humanidad toda, que no saldrá de la oscura sombra que el siglo XX continúa proyectando en el presente hasta que no reconozca y acepte sus deudas pendientes con tantos pueblos maltratados, exterminados, perseguidos, reducidos y olvidados.

Nosotros en Latinoamérica debemos reconocer (y donde sea posible, reparar) la destrucción material y espiritual del mundo precolombino que perpetraron nuestros antepasados, así como el sufrimiento de los africanos trasladados por la fuerza a estas tierras y sometidos a la esclavitud. No podemos cambiar el pasado, pero podemos y debemos mirar nuestra historia con honestidad. Así como tarde o temprano tendrá que hacer Turquía con su pasado.

No hace falta generosidad

Cuando un escritor se vuelve parte importante de nuestra vida aprendemos una generosidad que pocas veces tenemos con las personas que nos rodean. Me refiero a que si amamos sus libros podemos pasar por alto sus pequeñeces, a veces no tan pequeñas, sus estupideces o torpezas, en algunos casos su vileza. Pienso en Dostoievski, antiesemita, xenófobo y reaccionario a quien amo profundamente y a quien no me canso de releer; pienso en Celine y sus canalladas, colaborador de los nazis, y sin embargo, autor de una obra conmovedora e imprescindible. Pienso en Borges, ídolo de mi juventud y eterna víctima de mis plagios fallidos, ese Borges cuyas opiniones cavernícolas jamás oscurecieron su genio.

Hay veces, sin embargo, que el escritor admirado no necesita de una generosidad excepcional que aplaque sus taras sino que su persona misma, como su obra, nos es querida y admirada; entonces uno siente que aunque de manera vicaria y abstracta participa de una herencia, de una comunidad espiritual, siente lo que cuando lo referimos a los seres cercanos denominamos amistad. Es el caso para mi de Juan Goytisolo, reciente ganador del Cervantes. Su autobiografía (Coto Cerrado, Reinos de Taifas) es un texto ejemplar y valioso para entender nuestro tiempo y en cierta manera, a nosotros mismos. Su obra periodística (la que conozco de El País) es siempre grata y atinada; sus novelas, que no he leído en su totalidad, inolvidables, divertidas, en algunos casos geniales. Ojalá sea mejor conocido entre nosotros.
1417272797_374082_1417273019_noticia_normalFoto: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/29/actualidad/1417272797_374082.html

Estirpes condenadas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía apenas catorce años y visitaba a mi amigo “El Mato”, llamado así (mato quiere decir loco en italiano) por lo atrevido de sus apuestas, que siempre ganaba. Una vez apostó no recuerdo ya cuánto dinero, una suma considerable para un muchacho, a que se aparecía en el salón de clases en short y camiseta, lo cual hizo, para gran escándalo de profesores y autoridades y la irrevocable admiración de sus compañeros. Hablamos de lo humano y lo divino. Yo lo admiraba porque parecía haber leído todos los libros y saber todas las cosas, lo que para un adolescente es una experiencia casi obligada. Tenia dos años más que yo y para mi era casi un privilegio poder visitarlo y charlar con él. Al despedirme le pedí que me recomendara algo para leer. Se paró en una silla y rebuscó encima de su ropero; después de muchas consideraciones me dio “Cien años de soledad”. Tienes que leer esto, me dijo enfático. Seguramente dijo “tenés”; estábamos en Argentina, en los comienzos de los 70, pero la memoria traduce los acentos, los gestos y los sentimientos para hacerlos inteligibles.

Reconocí la portada: estaba en todas las librerías y -cosa insólita- en todos los quioscos de periódicos. Era un best-seller. El esnobismo de la edad me indujo a rechazarlo pero Mato me miro fijamente y entendí que no podía. El siguiente fin de semana lo pasé completamente pegado al libro, solo interrumpiendo la lectura para comer o dormir. Así comenzó un amor de toda la vida, amor que permite pasar por alto las pequeñeces del ser amado, sus actitudes equívocas, sus inconsistencias. Fue suficiente con que me regalara tantas horas de felicidad, tantas páginas inolvidables, historias y personajes, frases, maneras de ver y sentir.

Acabo de enconar en Youtube una grabación de Rapsodia en Blue, de Gershwin, con nada más y nada menos que Dudamel y Herbie Hancock, una pieza musical que siempre me hace feliz aunque me toca con una nota de tristeza, si tal cosa es posible. Escucho a Gershwin mientras escribo estas líneas y me doy cuenta de que me siento triste, que se apagó una voz absolutamente original y mágica, valga lo abusado de los adjetivos. Hace poco, hablando con mi amigo Orlando Zabaleta y recordando nuestras lecturas de juventud nos dijimos, casi al mismo tiempo, varios pasajes que habíamos memorizado con una sola lectura, entre ellos el final de la gran novela de Garcia Márquez; Orlando, que es mejor lector que yo, la recordaba con mayor exactitud. Ahora la copio de Google, maravilla técnica que me ahorra un viaje a los anaqueles donde reposa el ejemplar que leí hace mas de cuarenta años: “…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra“.

Descansa en paz, Gabriel García Márquez.

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An die Nachgeborenen

Ciertamente, vivimos en tiempos oscuros. Parece cada día más difícil pensar en aquellos que aun no han nacido y a quienes el poeta pidió una vez que pensaran en nosotros con indulgencia. Cada vez tenemos menos excusas, es decir, menos derecho a que nos miren con misericordia, que recuerden nuestra vida y nuestras obras como nosotros recordamos las de quienes nos antecedieron. Es un arrebato de pesimismo, temporal, superficial, sin consecuencias: ya lo sé. Después de todo, para nosotros también aveces ha sido más fácil cambiar de país que de zapatos y el rostro se nos ha deformado de tanto sufrimiento, propio o ajeno. Pero basta de esta paráfrasis consoladora. Escucha la voz del poeta, que es lo que importa, la persistencia de su voz, la posibilidad de conmovernos más allá de la vida y del tiempo. ¿No es eso, acaso, una esperanza?

Dibujo de Kathe Kollwitz