El Gran Crimen: recordando el Genocidio Armenio

Goya: Fraile hablando con una vieja

Desde el pasado 24 de abril se conmemora, en todo el mundo, el centenario del Genocidio Armenio, denominado por este pueblo El Gran Crimen. El siglo XX, siglo cruel y deshonroso si los ha habido, se inaugura con la tragedia de un pueblo que en ese entonces constituía una importante minoría cristiana en el seno del Imperio Otomano. A partir de 1915 y hasta comienzos de la década de 1920, más de un millón y medio de hombres, mujeres, niños y ancianos fueron exterminados de diversas formas, mucho de ellos, en marchas forzadas por el desierto; murieron de sed, de enfermedades, de desesperación; una especie de patíbulo ambulante y prolongado, ya que antes de caer rendido se veía morir a los seres queridos. Esta matanza fue el antecedente directo, el modelo que inspiraría a los nazis un par de décadas más tarde. Desde entonces, todos los crímenes a gran escala por las que nuestra época es famosa se inspirarán los unos a los otros en una perversa espiral de imitación y perfeccionamiento de la crueldad.

Estos hechos, sin embargo, no deben reducirse a simplificaciones maniqueas, como lamentablemente está sucediendo con aquellos que pretenden enemistar a cristianos y musulmanes. El Imperio Otomano constituyó un espacio político que se extendió por Asia, África y partes de Europa que durante siglos representó el esplendor cultural y la civilización del Islam, cobijó la diversidad y propició la tolerancia religiosa y fue un refugio para los perseguidos en muchas latitudes, como es el caso de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. No se trata, por lo tanto, de un crimen “de los turcos” ni “de los musulmanes”, sino de un imperio, de una poderosa estructura política y militar que albergó en su seno lo mejor y lo peor de la humanidad, como sucede con todos los imperios. Lamentablemente en nuestros días es cada vez más común un sentimiento de islamofobia en los países llamados avanzados y cualquier excusa es buena para los ideólogos del racismo y la exclusión para impulsar su causa, así que deseamos enfatizar: estas reflexiones no se inscriben en esa corriente. Fue precisamente este tipo de sentimientos, utilizados cínicamente por quienes detentaban el poder, lo que hizo posible el genocidio armenio.

Las matanzas, masacres y atrocidades, tanto en la paz como en la guerra, han acompañado a la humanidad en todo tiempo y lugar, en Asia y en Mesoamérica, en África, en Europa, en la lejana Australia, en la antigüedad clásica y en la Edad Media, en el llamado Siglo de las Luces y en los tiempos de los Grandes Descubrimientos. Pero, como dice el tango Cambalache, “que el siglo XX es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue”. Somos contemporáneos de una de las épocas más terribles de la historia humana. El jurista polaco Raphael Lemkin en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada, de1944, a quien debemos el término y el concepto jurídico de genocidio, no se inspiró originalmente en el sufrimiento de sus correligionarios sino en la impresión que le causara las informaciones sobre el destino de los armenios.

El Gran Crimen debe ser visto en el contexto de las intervenciones de las potencias europeas (Estados Unidos aún no pertenecía a ese selecto club), de las matanzas que afectaron a turcos, kurdos, griegos, búlgaros, judíos y armenios. El controversial filosofo esloveno Slavoj Zizek ha sido de los pocos que resaltan el papel que jugarnos las potencias occidentales, por acción u omisión, en los muchos procesos violentos que se dieron en el marco de la disolución del Imperio Otomano. En un encuentro del año 2012 con estudiantes de la Universidad de Arte Mimar Sinan, en Estambul, dijo que “(…) Turquía debería disculparse. Pero al hacerlo debería implicar a Europa en este evento. El genocidio ha sido central en el proceso de construcción de los estado nacionales en Europa (…) Turquía solo repetía lo que había aprendido de Occidente”.

Los “negacionistas” cuentan entre ellos académicos de renombre, como Bernard Lewis, autor de numerosos libros sobre Medio Oriente, o aquellos que sin encajar muy bien en la definición de negacionista, tienden a disminuir la gravedad de los hechos, como el escritor Juan Goytiosolo, reciente premio Príncipe de Asturias y uno de los escritores más importantes de las últimas décadas. No faltaron quienes dijeron que en el caso de Lewis, esta actitud era consistente con su apoyo a las acciones de Israel contra los palestinos. Pero las cosas no son tan simples; al poco tiempo un grupo de intelectuales, entre ellos Elie Wiesel, quien pasó de ser un escritor admirado por muchos por su narrativa sobre el Holocausto a convertirse en un apologista incondicional de Israel, prácticamente desconociendo el sufrimiento palestino, firmó en el año 2000 una petición en el sentido contrario, en la que se decía, entre otras cosas: “El genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial es un hecho histórico incontestable y urgimos a las democracias occidentales a reconocerlo como tal”.

En el diario El País de España, 3 de junio de 2007 escribía Juan Goytisolo “En la parte oriental de Anatolia, numerosas iglesias abandonadas dan testimonio de una comunidad hoy desaparecida, y en Van, la antigua ciudad armenia sita al pie de la fortaleza fue sustituida por otra exclusivamente kurda. Dicho esto, y sin entrar en la batalla de cifras, me inclino a creer con Bernard Lewis que no hubo un genocidio planificado, fríamente llevado a cabo como el de los nazis contra los judíos”. Opinión respetable del gran escritor español. Sin embargo, el libro The Young Turks’ Crime Against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire (publicado en 2012), de Taner Akcam, un historiador turco de enorme prestigio ha producido una obra estremecedora, por la cantidad de documentos, algunos por primera vez accesible a un especialista, que demuestran de manera inequívoca las dimensiones y la naturaleza de estas masacres y no deja lugar a las dudas expresadas por Goytisolo o Lewis.

La resolución del Parlamento del MERCOSUR Nº 04/2007, con fecha 19 de noviembre de 2007, señala: “El Parlamento del MERCOSUR declara: Su más enérgica Condena al Genocidio Armenio que costó un millón y medio de vidas entre 1915 y 1923 ejecutado por el Imperio Turco Otomano y expresa su solidaridad con la justa causa del Pueblo Armenio”.

Nuestro país, junto con una parte importante de lo que se denomina “la comunidad internacional” ha declarado su reconocimiento del genocidio, el 14 de junio del año 2005, en una declaración del Parlamento Venezolano, entonces presidido por el actual mandatario Nicolás Maduro Moros.

Lo sucedido a los armenios tiene particular significación para Venezuela, ya que uno de los testigos de las matanzas de 1915 fue un destacado tachirense, un hombre que, en la tradición de Francisco de Miranda luchó en varios continentes y nos legó un testimonio de gran calidad historiográfica y literaria: Rafael de Nogales Méndez. Su obra Cuatro años bajo la media luna narra con gran estilo su participación en la Primera Guerra Mundial en calidad de oficial superior del ejército turco. Un libro que hoy constituye una lectura imprescindible sobre el tema que hemos abordado, una lectura apasionante y enriquecedora de quien nos ocuparemos en otro artículo. Sus memorias, de las que citaremos solo un breve pasaje, bastante citado, constituyen también una denuncia de estaos hechos, narrada con el dramatismo y repugnancia pero sin racionalizaciones:

HIENAS EN FORMA HUMANA

NUNCA HE SIDO UN FUERTE BEBEDOR. Pero debo confesar que no anhelé tanto un trago como en aquella soleada mañana del 18 de junio de 1915, cuando hicimos alto a nuestras cabalgaduras frente a las puertas de la ciudad de Sairt, la antigua capital de Kurdistán, cuyos minaretes se elevaban como agujas de resplandeciente alabastro en el cielo turquesa de Mesopotamia. Sobre un collado cercano, yacían sobre la nieve, en las faldas de los montes, millares de semidesnudos y sangrantes cadáveres de armenios. Me sugerían que también yo era sólo un esqueleto ambulante, casi listo para unirme a ellos en la muerte. Había sido sentenciado a morir por el veneno, el cuchillo o las balas. Sabía demasiado. Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta “mil turcos que habían aplastado la revolución de Armenia. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde. Khalil y varios otros jefes del partido de los jóvenes turcos, quienes habían cometido estos horrendos crímenes, se daban cuenta de que si yo llegaba con vida a Constantinopla, y divulgaba las informaciones que poseía, se verían en grandes dificultades para justificar su conducta. No sólo ante el sultán, sino también ante sus aliados, Alemania y Austria-Hungría, que venían haciendo todo lo posible para detener esas matanzas y deportaciones. Sin embargo, el hecho de que Khalil y Djevded hubiesen tratado de eliminarme, no significaba en lo más mínimo que abrigaran odio personal contra mí, por el contrario éramos los mejores amigos. Si intrigaban para quitarme la vida era por espíritu de propia conservación. Si hubiera estado en lugar de ellos probablemente habría procedido en la misma forma. Habría buscado la manera de eliminar a Bey Nogales, para luego dirigir un telegrama a Constantinopla, describiendo cómo había muerto honrosamente combatiendo por las glorias del califato y los verdes pendones del Pegamber… ¡Lah-Illah-Il-Lalah!”

(Tomado del tomo II de sus Memorias, publicadas por Biblioteca Ayacucho y disponibles en línea de manera gratuita).

Los testimonio de historiadores, de testigos presenciales, de diplomáticos de sacerdotes y pastores protestantes, de ciudadanos europeos y, muy importante, de escritores y ciudadanos turcos, son numerosos, de alta calidad literaria e historiográfica y llevan en su propia escritura, en su entonación, en la lógica de sus discursos, el sello de su autenticidad irrefutable. La cantidad de material disponible en Internet, en muchos idiomas y con distintos niveles de complejidad, por no mencionar los testimonios de las víctimas mismas y de sus descendientes, nos obligan a reconocer una realidad y nos impiden argumentar cualquier clase de escepticismo, indiferencia o relativización, al menos si deseamos conservar la coherencia intelectual y el rigor moral.

Como la Shoa de los judíos, como la Nakba de los palestinos, el genocidio de los armenios es una catástrofe de la humanidad toda, que no saldrá de la oscura sombra que el siglo XX continúa proyectando en el presente hasta que no reconozca y acepte sus deudas pendientes con tantos pueblos maltratados, exterminados, perseguidos, reducidos y olvidados.

Nosotros en Latinoamérica debemos reconocer (y donde sea posible, reparar) la destrucción material y espiritual del mundo precolombino que perpetraron nuestros antepasados, así como el sufrimiento de los africanos trasladados por la fuerza a estas tierras y sometidos a la esclavitud. No podemos cambiar el pasado, pero podemos y debemos mirar nuestra historia con honestidad. Así como tarde o temprano tendrá que hacer Turquía con su pasado.

No hace falta generosidad

Cuando un escritor se vuelve parte importante de nuestra vida aprendemos una generosidad que pocas veces tenemos con las personas que nos rodean. Me refiero a que si amamos sus libros podemos pasar por alto sus pequeñeces, a veces no tan pequeñas, sus estupideces o torpezas, en algunos casos su vileza. Pienso en Dostoievski, antiesemita, xenófobo y reaccionario a quien amo profundamente y a quien no me canso de releer; pienso en Celine y sus canalladas, colaborador de los nazis, y sin embargo, autor de una obra conmovedora e imprescindible. Pienso en Borges, ídolo de mi juventud y eterna víctima de mis plagios fallidos, ese Borges cuyas opiniones cavernícolas jamás oscurecieron su genio.

Hay veces, sin embargo, que el escritor admirado no necesita de una generosidad excepcional que aplaque sus taras sino que su persona misma, como su obra, nos es querida y admirada; entonces uno siente que aunque de manera vicaria y abstracta participa de una herencia, de una comunidad espiritual, siente lo que cuando lo referimos a los seres cercanos denominamos amistad. Es el caso para mi de Juan Goytisolo, reciente ganador del Cervantes. Su autobiografía (Coto Cerrado, Reinos de Taifas) es un texto ejemplar y valioso para entender nuestro tiempo y en cierta manera, a nosotros mismos. Su obra periodística (la que conozco de El País) es siempre grata y atinada; sus novelas, que no he leído en su totalidad, inolvidables, divertidas, en algunos casos geniales. Ojalá sea mejor conocido entre nosotros.
1417272797_374082_1417273019_noticia_normalFoto: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/29/actualidad/1417272797_374082.html

Estirpes condenadas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía apenas catorce años y visitaba a mi amigo “El Mato”, llamado así (mato quiere decir loco en italiano) por lo atrevido de sus apuestas, que siempre ganaba. Una vez apostó no recuerdo ya cuánto dinero, una suma considerable para un muchacho, a que se aparecía en el salón de clases en short y camiseta, lo cual hizo, para gran escándalo de profesores y autoridades y la irrevocable admiración de sus compañeros. Hablamos de lo humano y lo divino. Yo lo admiraba porque parecía haber leído todos los libros y saber todas las cosas, lo que para un adolescente es una experiencia casi obligada. Tenia dos años más que yo y para mi era casi un privilegio poder visitarlo y charlar con él. Al despedirme le pedí que me recomendara algo para leer. Se paró en una silla y rebuscó encima de su ropero; después de muchas consideraciones me dio “Cien años de soledad”. Tienes que leer esto, me dijo enfático. Seguramente dijo “tenés”; estábamos en Argentina, en los comienzos de los 70, pero la memoria traduce los acentos, los gestos y los sentimientos para hacerlos inteligibles.

Reconocí la portada: estaba en todas las librerías y -cosa insólita- en todos los quioscos de periódicos. Era un best-seller. El esnobismo de la edad me indujo a rechazarlo pero Mato me miro fijamente y entendí que no podía. El siguiente fin de semana lo pasé completamente pegado al libro, solo interrumpiendo la lectura para comer o dormir. Así comenzó un amor de toda la vida, amor que permite pasar por alto las pequeñeces del ser amado, sus actitudes equívocas, sus inconsistencias. Fue suficiente con que me regalara tantas horas de felicidad, tantas páginas inolvidables, historias y personajes, frases, maneras de ver y sentir.

Acabo de enconar en Youtube una grabación de Rapsodia en Blue, de Gershwin, con nada más y nada menos que Dudamel y Herbie Hancock, una pieza musical que siempre me hace feliz aunque me toca con una nota de tristeza, si tal cosa es posible. Escucho a Gershwin mientras escribo estas líneas y me doy cuenta de que me siento triste, que se apagó una voz absolutamente original y mágica, valga lo abusado de los adjetivos. Hace poco, hablando con mi amigo Orlando Zabaleta y recordando nuestras lecturas de juventud nos dijimos, casi al mismo tiempo, varios pasajes que habíamos memorizado con una sola lectura, entre ellos el final de la gran novela de Garcia Márquez; Orlando, que es mejor lector que yo, la recordaba con mayor exactitud. Ahora la copio de Google, maravilla técnica que me ahorra un viaje a los anaqueles donde reposa el ejemplar que leí hace mas de cuarenta años: “…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra“.

Descansa en paz, Gabriel García Márquez.

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An die Nachgeborenen

Ciertamente, vivimos en tiempos oscuros. Parece cada día más difícil pensar en aquellos que aun no han nacido y a quienes el poeta pidió una vez que pensaran en nosotros con indulgencia. Cada vez tenemos menos excusas, es decir, menos derecho a que nos miren con misericordia, que recuerden nuestra vida y nuestras obras como nosotros recordamos las de quienes nos antecedieron. Es un arrebato de pesimismo, temporal, superficial, sin consecuencias: ya lo sé. Después de todo, para nosotros también aveces ha sido más fácil cambiar de país que de zapatos y el rostro se nos ha deformado de tanto sufrimiento, propio o ajeno. Pero basta de esta paráfrasis consoladora. Escucha la voz del poeta, que es lo que importa, la persistencia de su voz, la posibilidad de conmovernos más allá de la vida y del tiempo. ¿No es eso, acaso, una esperanza?

Dibujo de Kathe Kollwitz

para Rafael Simón Hurtado.

YouTube es una de las grandes invenciones de los últimos años, nos dice Peter Greenaway, uno de los cineastas más inteligentes e innovadores de la actualidad, en una conferencia que dictó hace poco y que ha causado cierto escándalo (titulada El Cine ha Muerto), cosa que compruebo cada vez que me dejo llevar por su algoritmo que determina qué cosas me pueden interesar con base en lo que ya he visto. Pasear por YouTube es como en otros tiempos fue caminar entre los anaqueles de una librería. Uno busca una cosa y sin darse cuenta llega a otras que no conocía y termina comprando (en mi caso, leyendo apresurado) lo que no imaginó que pudiera interesarle… o que existía. Este fenómeno de encuentros casuales desinteresados y casi aleatorios se llama en inglés serendipity, palabra para la que desconozco su equivalente castellano (algunos hablan de “serendipia”, pero la palabra me descompone el estómago), se da también cuando hojeamos un libros sin propósito definido y de repente una palabra o una frase nos llega a la mirada y nos seduce o cuando, aburridos frente al televisor, circulamos por los canales hasta que el azar o el descuido de quienes planifican la parrilla nos dejan ver una buena película. La serendipity de YouTube, sin embargo, es mucho más frecuente, amplia y sorprendente: películas, clásicas o comerciales, documentales, óperas, recetas de cocina, lecciones de japonés, explicaciones más o menos inteligentes de obras pictóricas famosas, noticias verdaderas o falsas, teorías conspiracionales, divulgación científica de la buena y de la mala, rumores, ciencia, adivinación… y casi todo el espectro de la experiencia humana que se puede registrar en un video, están allí, centenares de millones de videos que se incrementan día a día a un ritmo incomprensible.

YouTube no solo ha cambiando la forma en que consumimos imágenes o encontramos cosas que nos gustan, o que nos enteramos que nos gustan. También ha cambiado nuestra relación con las memorias más atesoradas por nuestra generación: programa de televisión de la infancia, canciones de la adolescencia han ido apareciendo poco a poco, a medida que más y más usuarios “suben” materiales que se encontraban olvidados. Busca algo hoy, algo que añores, esa canción que escuchabas pensando en la chica en la que todos pensaban y que sabías, era imposible para ti. Tal vez se trate de una noticia, un evento político o cultural. Cualquier cosa que te haya llegado por los “medios”. Si no lo encuentras, espera unos días y trata de nuevo. Te sorprenderás.

Encontré esta joya, un video realizado por mi amiga Alyce Santoro, artista conceptual norteamericana, buscando ya no sé qué cosa. Es una disertación deliciosa sobre…. mejor mira el video.

Mil mesetas para Peter Greenaway

Veintisiete minutos y trece segundos dura este hermoso video de Margaret Walker y Patch Sinclair (con colaboración de Liv in(the)finite) y música de Ashley Blackmore. Inspirado en la obra de Giles Deleuze y Felix Guattari Mil Mesetas, fue realizado como un homenaje a una película de Peter Greenaway, uno de los cineastas contemporáneos más destacados, autor de una obra incomparable, original, que apunta hacia una nueva manera de hacer cine.

álvaro mutis

DSC00251Nunca me gustó, a pesar de que hice el esfuerzo, sobre todo por algunos amigos que insistían. Sé cómo es eso: cuando uno ama a un escritor quiere que todo el mundo lo ame. De todas las cosas que leí, solo me quedó en la memoria aquel poema que dice:

A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ése que no fuiste, ése que murió de tanto ser tú mismo lo que eres

que es un gran poema. Por esas líneas (sé que soy injusto, sé que tuvo otros méritos, aunque yo no sea capaz de verlos) lo recordaré. Lamento su desaparición, un poeta, un novelista menos es una puerta que se cierra para siempre.

Imaginar a Valencia

La historia de la humanidad es la historia de la imaginación humana y de sus obras

Cornelius Castoriadis

La ciudad contemporánea, la que poco a poco toma forma y cuyo rostro definitivo se asoma amenazante en el porvenir, se encuentra muy lejos de la ciudad que llevamos en el espíritu, en la memoria y en los sueños, es decir, de la ciudad en la que creemos que vivimos. Al lado de una calle arbolada en la que una vez leímos poesía con nuestros amigos se levanta, casi indiferente, una torre de acero y cristal que al desprevenido le puede recordar a Dubai o Shangai. Donde antes había un café en el que vendían libros hoy se refugia una pandilla de malandrines a la espera de un transeúnte ingenuo. No pretendemos reivindicar una ciudad idílica en la que no había problemas, nos limitamos a contrastar la agresividad de un medio urbano que cada vez nos pertenece menos.

pruebas de luz y colores (99)

Foto: Andrés Cerceau. Restos del antiguo restorán Perecito

Esta dicotomía de habitar al mismo tiempo en dos ciudades que se superponen parcialmente y donde una crece a expensas de la otra puede ser constatada mediante una mirada panorámica de Valencia. Cada vez hay más reductos urbanos cerrados a los que se accede mediante una identificación especial y que en algunos casos se exige la inspección de los vehículos y un interrogatorio similar al de una alcabala de fronteras. Se trata del remedo a escala de los llamados “vecindario cerrados” que proliferan en los Estados Unidos y que alcanzan su expresión más extrema en los asentamientos ilegales que Israel construye en tierra palestina. Estas “micro-ciudades” tienen sus propias escuelas, vigilancia y tal vez dentro de poco servicios de bomberos, etc. Esto pasa en general en “el norte”, pero como es fácil comprobar, los “pobres” también son capaces de construir sus pequeños infiernos urbanos. Nuestra ciudad está repleta de muros, de rejas electrificadas, de torres de vigilancia, de carteles que te advierten, sin ninguna cortesía, que para tu seguridad estás siendo observado y fotografiado. Seguros de que los dirigentes de estos condominios no han leído a Orwell o a Foucault los descargamos de la sospecha de ironía: nos observan, fotografían y espían en serio.

He escrito remedos a escala. Como todo fotógrafo sabe, en la reducción se pierden los detalles. Cualquiera que sea el problema que estas aberraciones urbanas pretendieron resolver no tiene nada que ver con nuestra modesta, hasta hace poco casi rural, muy provinciana ciudad en la que los ricos hace tiempo que dejaron de serlo y los pobres no los amenazan con desposeerlos ni tenemos conflictos étnicos o religiosos ni mucho menos estamos en guerra.

Se acercan las elecciones municipales. Qué bueno sería que se pudiera discutir cómo es la ciudad que queremos. Imaginarla. No desde la perspectiva clientelar de ofertas de mejores servicios y de atención de los problemas urgentes (basura, urbanismo, seguridad, salud). Esto, suponemos, es el deber ser, lo que asumimos que las autoridades municipales hacen porque ese es su trabajo. A estas alturas del siglo XXI, una propuesta municipal centrada en la eficiencia de los servicios es algo así como si visitáramos a un médico y este nos asegurara que se ha lavado las manos para atendernos. La gestión, los servicios, todo eso es importante y esperamos lo mejor de nuestros servidores públicos. De lo que se trata en una discusión colectiva, sin embargo, es de atreverse a imaginar una ciudad distinta. No es verdad que la seguridad se obtienen levantando muros y cercas electrificadas. No es verdad que las empresas privadas de vigilancia nos aseguran una vida más tranquila. No es verdad que construyendo urbanizaciones a diestra y siniestra sin pensar en el impacto ambiental estamos solucionando un problema, sino por el contrario, estamos creando muchos más. Atrevernos a pensar diferente puede parecer un ejercicio utópico, un entretenimiento intelectual o una distracción inútil. Lo verdaderamente utópico e irresponsable es creer, como dice Slavoj Zizek, que las cosas pueden seguir indefinidamente como están.

cuando era pesimista

De todas las locuras con las que soñó el hombre, tal vez el Fin del Mundo haya sido la más increíble, las más estrafalaria, ya que su cumplimiento significaba la abolición de todas las posibilidades, incluida ella misma. El post-humanismo, la guerra total en la que vivimos, los niños suicidas, el tráfico de órganos, los delirios ilustrados de los científicos de la robótica o del genoma, son simples heraldos de segunda clase de lo que nos tiene reservado la visión de alucinado de Patmos. En este diario divagaremos por las noticias más alarmantes, esas que nos hacen más conscientes, a cada minuto, de que la más improbable de todas las estupideces de la religión posiblemente termine siendo cierta.
Melancolía de Lars von Trier

De mi antiguo blog bilingüe darkglance.

De viajes, prejuicios y bibliotecas

(Publicado hace dos años en El Ciudadano, de Chile y dedicado a mi amigo Fernando Baez) 
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1. ¿Cómo nacen las bibliotecas? Las grandes son obra de presidentes o de reyes, de filántropos, de excéntricos. Las personales, más modestas, son el resultado de muchos azares, no todos fáciles de contar. He acumulado cuatro bibliotecas en mi vida, he perdido tres, casi siempre por motivo de viajes que comienzan como un paseo y se vuelven irreversibles (prefiero no pensar en la palabra exilio). Rara vez sabemos con exactitud lo que dejamos atrás: familiares, amigos, un mundo de la vida. Toda despedida es triste, algunas son definitivas.

También sucede con los libros.

(Las razones para construir bibliotecas son muchas. Van desde la obsesión enferma y altamente simbólica de Kien, en Auto de Fe, hasta la de Babel, imaginada por Borges. La historia de Canetti puede ser entre muchas otras cosas, un relato de cómo se perpetúa y eventualmente se destruye una biblioteca. La de Borges, es de tal perfección axiomática que solo puede existir en el mundo ideal de las geometrías, de las que las bibliotecas terrenales son mera copia. Entre estos dos polos se encuentra la inofensiva acumulación de libros, casi involuntaria, de cualquiera de nosotros).

2. Hace unos años, para esta misma fecha, que es la Semana Santa cristiana y (más o menos) la Pascua judía, salí para Bélgica, apurado, no porque alguien me persiguiera sino porque no sé viajar de otra manera. Solo podía llevar pocos libros, por lo mucho que pesan. Yo colocaba en la maleta mis queridos volúmenes mientras mi esposa los sacaba. Eventualmente llegamos a una tregua: solo diez libros (decretó ella). Súbitamente me encontré en la situación imaginaria de la famosa pregunta: “Si tuvieras que llevar unos libros a una isla…”. Nunca me ha gustado ceder mi voluntad a los requisitos de la prisa: escogí mis libros al azar.

En un documental de la televisión francesa, hace años, escuché a Michel Serres decir (más o menos) que a medida que se hacía viejo aprendía a distinguir lo fundamental de lo accesorio y por lo tanto, a viajar más ligero, con lo estrictamente imprescindible.

3. Ya en mi destino (un pequeño pueblo cerca de Amberes, que jamás había oído nombrar) contemplaba mi ínfima biblioteca, sus lomos, carátulas y títulos, recapitulaba los momentos cuando había tenido en mis manos por primera vez La gran Bonanza de las Antillas, de Ítalo Calvino, una edición muy mal encuadernada de las Obras Escogidas de Borges, que compré en Margarita, en un quiosco de revistas cerca del malecón, la Biografía de Kepler de Arthur Koestler que me regaló mi padre, una Biblia, la Reina Valera de mi juventud, una selección de ensayos de Walter Benjamin con un estudio preliminar de Hannah Arendt, Fausto, La Institución Imaginaria de la Sociedad de Castoriadis (probablemente el libro de filosofía más importante del siglo XX), los Ensayos de Francis Bacon, Muerte y Memoria, de Eugenio Montejo, hermosa edición de tapa dura que me prestó un amigo y que nunca devolví y Aprenda Holandés en Diez Días, que no me sirvió para nada.

Meditando, recreando lecturas, saboreando los pasajes que han quedado en la memoria, constaté con cierto disgusto primero y con retardada sorpresa después, que allí no estaba Hegel, a quien consideraba mi maestro, ni el gran Freud, lectura de toda mi vida, ni Rilke, ni muchos de los poetas y escritores que tanto amo. No estaban Montaigne ni Valery. El reverenciado Kafka. Elias Canetti. Robert Walser. Espinosa. La Enciclopedia de los Muertos de Danilo Kis. El librito de García Bacca sobre Los Clásicos Griegos de Miranda. Mucho menos el imponente y desmesurado Talmud ni las completas de Marx y Engels, excluidos desde el principio por su tamaño. Si días antes me hubieran preguntado cuán importante era Calvino para mí, seguro que no lo hubiera puesto en el primer lugar. Borges y Goethe, sin duda. Pero, ¿Koestler? No me gusta el personaje ni comparto sus ideas. La prisa, la emergencia, lo inesperado, nos obligan a tomar decisiones que escapan a la racionalidad cotidiana en la que se refugian las cosas que nos son más queridas. Como aquellos judíos que al huir de Egipto, solo encontraron masa sin leudar y descubrieron, a partir de un accidente, una tradición sagrada.

4. Las bibliotecas, por imponente que parezcan los edificios que las cobijan o por modestos que sean los anaqueles que las contienen, nunca son resultado de un plan deliberado.

Ya se trate de múltiples anaqueles, como en el caso de mi amigo Pedro Téllez, quien heredó y continuó alimentando una extraordinaria colección, o simplemente de ese montón desordenado de libros que hay en la habitación de cualquier estudiante, o para el caso, de ese apilamiento que en pocos días levanto sin darme cuenta en cualquier lugar donde me encuentro, como la stupa de un devoto de las cuatro nobles verdades. La verdad es que una biblioteca es un paréntesis de estabilidad, relativamente precario, siempre delicado, en el que por un tiempo se refugian los libros y conviven silenciosos para nuestro solaz.

Lecturas incompletas, pérdidas, robos, o por el contrario, adquisiciones, escrituras apresuradas, impulsos de coleccionista, arrebatos de filantropía: una miríada de operaciones heterogéneas confluye para que en un momento dado, por un determinado tiempo, la biblioteca exista, permanezca más allá de sus cambios.

Sabemos muy bien, lamentablemente, cómo se pierden: abandono, barbarie, guerra, incendios.

5. Si alguna lógica cabe en la génesis de las bibliotecas (aunque en otra parte he escrito diferente), es la que se deriva de las tres formas elementales de la lectura. Hay una lectura de fondo que fluye permanentemente como esas largas resonancias que se escuchan en una sinfonía de Sibelius, que da sentido y hace posible todas las demás lecturas, porque en ella se acrisola la inteligibilidad de las referencias, los automatismos de la comprensión, la gestualidad de la interpretación.

En casi toda casa con un mínimo de sentido cultural existe por lo menos una enciclopedia, una colección de libros “imprescindibles”. La Biblioteca Ayacucho, que en su momento se adquiría por un precio exiguo, permitió a cualquier hogar venezolano, por humilde que fuera, tener una de las colecciones mejor pensadas de nuestro continente. Toda casa tiene una Biblia. Shakespeare y La Divina Comedia no son infrecuentes.

6. Una segunda lectura, en cambio, es la que tiene un propósito definido. La de la escuela y el aprendizaje en cualquiera de sus niveles y modos, la de los momentos particulares de la vida, como cuando nos preocupa el amor de una mujer y leemos a Flaubert o a Barthes. La biblioteca que corresponde a esta lectura es la biblioteca especializada. No tiene que ser una biblioteca profesional, como la que poseía Marc de Civrieux, a quien conocimos en Mérida hace unas dos décadas, cuando nuestro hijo aún no había nacido. La mejor biblioteca de antropología de Venezuela, me dijo. En aquellos días, presintiendo una muerte que llegaría mucho más tarde, trató de donar su valiosa posesión y no consiguió que ninguna institución la aceptara. Pase noches enteras deambulando entre sus anaqueles.

7. La lectura corriente es esa que hacemos día a día, en respuesta a las sugerencias de los amigos, a las referencias que encontramos en otras lecturas, a lo que nos insinúa una película, una noticia, algo que pasa. Los premios literarios, las reediciones con motivo de la muerte de un gran escritor, los libros periodísticos sobre temas de actualidad, los libros de los que la gente habla. Si somos “cultos” (dicen mis prejuicios), hablaremos de Pamuk o de Coetzee. Si más o menos snobs (apunta mi falta de tacto), de algún filósofo de moda, como Fernando Savater. Si de poca educación o de muy escaso intelecto (puedo ser repugnante – pero exacto), entonces se impondrá la “autoayuda” o los libros de ocultismo, el Grupo de Bilderberg o Los Protocolos de los Sabios de Sión. A estas lecturas corresponde la biblioteca heterogénea, la que en general usamos para adornar la sala. En ella coexiste la gran literatura con la banalidad, el libro de periodismo con el clásico de filosofía.

8. Tres maneras de leer, mis (arbitrarios y tal vez ofensivos) prejuicios y un viaje inesperado, seguramente sólo explican mi pequeña colección. Otros tendrán sus anécdotas, sus razones, como la compulsión de comprar libros o la generosidad de aquellos amigos que nos conocen tan mal que solo atinan a regalarnos libros. Pero enumerar factores nunca ha agotado un tema. La razón de nombrarlos en esta modesta nota es que debemos aprender a contemplar nuestra vida, que sin examinar, decía Sócrates, no merece ser vivida. Nuestra biblioteca es solo un reflejo exterior de nosotros, sus atributos, nuestros rasgos personales.

Addendum: En su autobiografía, In my own way, Alan Watts cuenta que su amigo Aldous Huxley solía viajar con la Enciclopedia Británica, la cual llevaba en un baúl a todas partes y que, gracias a ello, con el tiempo acabó leyéndola toda. Hoy le bastaría un Kindle o un iPad. La tecnología no sólo va a cambiar la manera de viajar sino también cómo entendemos (y construimos) las bibliotecas. Con seguridad cambiará nuestros prejuicios.

http://www.elciudadano.cl/2011/04/03/34144/de-viajes-prejuicios-y-bibliotecas/