No hace falta generosidad

Cuando un escritor se vuelve parte importante de nuestra vida aprendemos una generosidad que pocas veces tenemos con las personas que nos rodean. Me refiero a que si amamos sus libros podemos pasar por alto sus pequeñeces, a veces no tan pequeñas, sus estupideces o torpezas, en algunos casos su vileza. Pienso en Dostoievski, antiesemita, xenófobo y reaccionario a quien amo profundamente y a quien no me canso de releer; pienso en Celine y sus canalladas, colaborador de los nazis, y sin embargo, autor de una obra conmovedora e imprescindible. Pienso en Borges, ídolo de mi juventud y eterna víctima de mis plagios fallidos, ese Borges cuyas opiniones cavernícolas jamás oscurecieron su genio.

Hay veces, sin embargo, que el escritor admirado no necesita de una generosidad excepcional que aplaque sus taras sino que su persona misma, como su obra, nos es querida y admirada; entonces uno siente que aunque de manera vicaria y abstracta participa de una herencia, de una comunidad espiritual, siente lo que cuando lo referimos a los seres cercanos denominamos amistad. Es el caso para mi de Juan Goytisolo, reciente ganador del Cervantes. Su autobiografía (Coto Cerrado, Reinos de Taifas) es un texto ejemplar y valioso para entender nuestro tiempo y en cierta manera, a nosotros mismos. Su obra periodística (la que conozco de El País) es siempre grata y atinada; sus novelas, que no he leído en su totalidad, inolvidables, divertidas, en algunos casos geniales. Ojalá sea mejor conocido entre nosotros.
1417272797_374082_1417273019_noticia_normalFoto: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/29/actualidad/1417272797_374082.html

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Estirpes condenadas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía apenas catorce años y visitaba a mi amigo “El Mato”, llamado así (mato quiere decir loco en italiano) por lo atrevido de sus apuestas, que siempre ganaba. Una vez apostó no recuerdo ya cuánto dinero, una suma considerable para un muchacho, a que se aparecía en el salón de clases en short y camiseta, lo cual hizo, para gran escándalo de profesores y autoridades y la irrevocable admiración de sus compañeros. Hablamos de lo humano y lo divino. Yo lo admiraba porque parecía haber leído todos los libros y saber todas las cosas, lo que para un adolescente es una experiencia casi obligada. Tenia dos años más que yo y para mi era casi un privilegio poder visitarlo y charlar con él. Al despedirme le pedí que me recomendara algo para leer. Se paró en una silla y rebuscó encima de su ropero; después de muchas consideraciones me dio “Cien años de soledad”. Tienes que leer esto, me dijo enfático. Seguramente dijo “tenés”; estábamos en Argentina, en los comienzos de los 70, pero la memoria traduce los acentos, los gestos y los sentimientos para hacerlos inteligibles.

Reconocí la portada: estaba en todas las librerías y -cosa insólita- en todos los quioscos de periódicos. Era un best-seller. El esnobismo de la edad me indujo a rechazarlo pero Mato me miro fijamente y entendí que no podía. El siguiente fin de semana lo pasé completamente pegado al libro, solo interrumpiendo la lectura para comer o dormir. Así comenzó un amor de toda la vida, amor que permite pasar por alto las pequeñeces del ser amado, sus actitudes equívocas, sus inconsistencias. Fue suficiente con que me regalara tantas horas de felicidad, tantas páginas inolvidables, historias y personajes, frases, maneras de ver y sentir.

Acabo de enconar en Youtube una grabación de Rapsodia en Blue, de Gershwin, con nada más y nada menos que Dudamel y Herbie Hancock, una pieza musical que siempre me hace feliz aunque me toca con una nota de tristeza, si tal cosa es posible. Escucho a Gershwin mientras escribo estas líneas y me doy cuenta de que me siento triste, que se apagó una voz absolutamente original y mágica, valga lo abusado de los adjetivos. Hace poco, hablando con mi amigo Orlando Zabaleta y recordando nuestras lecturas de juventud nos dijimos, casi al mismo tiempo, varios pasajes que habíamos memorizado con una sola lectura, entre ellos el final de la gran novela de Garcia Márquez; Orlando, que es mejor lector que yo, la recordaba con mayor exactitud. Ahora la copio de Google, maravilla técnica que me ahorra un viaje a los anaqueles donde reposa el ejemplar que leí hace mas de cuarenta años: “…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra“.

Descansa en paz, Gabriel García Márquez.

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An die Nachgeborenen

Ciertamente, vivimos en tiempos oscuros. Parece cada día más difícil pensar en aquellos que aun no han nacido y a quienes el poeta pidió una vez que pensaran en nosotros con indulgencia. Cada vez tenemos menos excusas, es decir, menos derecho a que nos miren con misericordia, que recuerden nuestra vida y nuestras obras como nosotros recordamos las de quienes nos antecedieron. Es un arrebato de pesimismo, temporal, superficial, sin consecuencias: ya lo sé. Después de todo, para nosotros también aveces ha sido más fácil cambiar de país que de zapatos y el rostro se nos ha deformado de tanto sufrimiento, propio o ajeno. Pero basta de esta paráfrasis consoladora. Escucha la voz del poeta, que es lo que importa, la persistencia de su voz, la posibilidad de conmovernos más allá de la vida y del tiempo. ¿No es eso, acaso, una esperanza?

Dibujo de Kathe Kollwitz

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Tortillas, YouTube, memorias, encuentros: el universo

para Rafael Simón Hurtado.

YouTube es una de las grandes invenciones de los últimos años, nos dice Peter Greenaway, uno de los cineastas más inteligentes e innovadores de la actualidad, en una conferencia que dictó hace poco y que ha causado cierto escándalo (titulada El Cine ha Muerto), cosa que compruebo cada vez que me dejo llevar por su algoritmo que determina qué cosas me pueden interesar con base en lo que ya he visto. Pasear por YouTube es como en otros tiempos fue caminar entre los anaqueles de una librería. Uno busca una cosa y sin darse cuenta llega a otras que no conocía y termina comprando (en mi caso, leyendo apresurado) lo que no imaginó que pudiera interesarle… o que existía. Este fenómeno de encuentros casuales desinteresados y casi aleatorios se llama en inglés serendipity, palabra para la que desconozco su equivalente castellano (algunos hablan de “serendipia”, pero la palabra me descompone el estómago), se da también cuando hojeamos un libros sin propósito definido y de repente una palabra o una frase nos llega a la mirada y nos seduce o cuando, aburridos frente al televisor, circulamos por los canales hasta que el azar o el descuido de quienes planifican la parrilla nos dejan ver una buena película. La serendipity de YouTube, sin embargo, es mucho más frecuente, amplia y sorprendente: películas, clásicas o comerciales, documentales, óperas, recetas de cocina, lecciones de japonés, explicaciones más o menos inteligentes de obras pictóricas famosas, noticias verdaderas o falsas, teorías conspiracionales, divulgación científica de la buena y de la mala, rumores, ciencia, adivinación… y casi todo el espectro de la experiencia humana que se puede registrar en un video, están allí, centenares de millones de videos que se incrementan día a día a un ritmo incomprensible.

YouTube no solo ha cambiando la forma en que consumimos imágenes o encontramos cosas que nos gustan, o que nos enteramos que nos gustan. También ha cambiado nuestra relación con las memorias más atesoradas por nuestra generación: programa de televisión de la infancia, canciones de la adolescencia han ido apareciendo poco a poco, a medida que más y más usuarios “suben” materiales que se encontraban olvidados. Busca algo hoy, algo que añores, esa canción que escuchabas pensando en la chica en la que todos pensaban y que sabías, era imposible para ti. Tal vez se trate de una noticia, un evento político o cultural. Cualquier cosa que te haya llegado por los “medios”. Si no lo encuentras, espera unos días y trata de nuevo. Te sorprenderás.

Encontré esta joya, un video realizado por mi amiga Alyce Santoro, artista conceptual norteamericana, buscando ya no sé qué cosa. Es una disertación deliciosa sobre…. mejor mira el video.

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Mil mesetas para Peter Greenaway

Veintisiete minutos y trece segundos dura este hermoso video de Margaret Walker y Patch Sinclair (con colaboración de Liv in(the)finite) y música de Ashley Blackmore. Inspirado en la obra de Giles Deleuze y Felix Guattari Mil Mesetas, fue realizado como un homenaje a una película de Peter Greenaway, uno de los cineastas contemporáneos más destacados, autor de una obra incomparable, original, que apunta hacia una nueva manera de hacer cine.

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memoria


(de Letras y Formas, con Luis Mavilla)

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álvaro mutis

DSC00251Nunca me gustó, a pesar de que hice el esfuerzo, sobre todo por algunos amigos que insistían. Sé cómo es eso: cuando uno ama a un escritor quiere que todo el mundo lo ame. De todas las cosas que leí, solo me quedó en la memoria aquel poema que dice:

A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ése que no fuiste, ése que murió de tanto ser tú mismo lo que eres

que es un gran poema. Por esas líneas (sé que soy injusto, sé que tuvo otros méritos, aunque yo no sea capaz de verlos) lo recordaré. Lamento su desaparición, un poeta, un novelista menos es una puerta que se cierra para siempre.

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