El Chapo, la policía, los periodistas y el cine

untouchables

Han atrapado otra vez al Chapo Guzmán: está en todos lo canales de televisión y en las redes sociales. La crónica de la captura que presenta hoy El País de España contiene todos los elementos de una mala película de acción. Parece que la fiscalía mexicana, que le sigue los pasos desde hace meses, encuentra una pista clave al enterarse de que el narcotraficante estaba contactando productores y actrices para hacer una película sobre su vida. La marina mexicana, única fuerza que aparentemente no ha sido “tocada” todavía por los narcos y que está a cargo de la represión de estos delincuentes, armada y asesorada por la DEA norteamericana, rodeó su residencia y cuando pensaban que lo tenían, este escapa nuevamente por los túneles subterráneos que lo conectan a la red de desagüe. La policía suponía que haría eso (los policías comparten con los delincuentes las manera de pensar y sobre todo, de imaginar) y lo esperaban en el otro extremo. Como en un ejercicio de la teoría de juegos, el Chapo sabía que la policía sabía y sale a la superficie a mitad de camino, por una alcantarilla, quitándole la camioneta a un transeúnte a punta de pistola y protagonizando un intento de fuga que culminará con su detención, en el mejor estilo hollywoodiense. El Chapo pensaba hacer una película, seguramente imitando las vidas de mafiosos y asesinos que tanto gustan en el cine contemporáneo y terminó sin darse cuenta (¿será que no se dio cuenta?) escribiendo un guión sobre la marcha, un guión que ha sido parcialmente registrado por los medios de comunicación y que, de hacerse la película que tanto quería y que lo llevó, por ahora, a la perdición, suponemos usará este “footage” para acentuar su “realismo”.

El Chapo representa de manera muy significativa uno de los aspectos imaginarios centrales del fenómeno narco: su carácter de fantasía cinematográfica, en sus imágenes, en las acciones, en las palabras y en la ideas de sus protagonistas. Sobornos al mas alto nivel, fugas con túneles subterráneos, uso de alta tecnología y sobre todo violencia infernal, inimaginable, “de película”. La vida del Chapo se parece a una película de Brian de Palma o de Tarantino, las reseñas de la prensa parecen reseñas de películas y las opiniones de los agentes de la policía y los análisis de los periodistas son indistinguibles de las conversaciones de la farándula. Esta relación estrecha entre la imaginación criminal, pero también policial y periodística, y el cine, no es un mero accidente. Hay algo en el mundo contemporáneo que hace que la “realidad” y el cine se parezcan y se influyan de una manera más compleja que lo que que los lugares comunes de las teorías cinematográficas suponen.

El hecho de que sea nada menos que Sean Penn quien le hiciera al Chapo la ahora célebre entrevista para ese emblema mundial de la farándula “inteligente”, como es la revista Rolling Stone, una entrevista en la clandestinidad más extrema, en el mismo momento en el que diez mil marinos, fuerzas especiales y policías peinaban el territorio de México, buscándolo como “palito de romero” debe ser visto con cautela, incluso con suspicacia. ¿Se trata del atrevimiento de un productor de cine audaz que busca una historia de “gran contenido humano” (lo que quiera que la frase signifique en la mentalidad del espectáculo)? ¿Será tal vez una excelente oportunidad para que un gran actor y un director un poco menos grande gane mucha fama, dinero y premios con una primicia tan escandalosa? ¿Será, me pregunto, que solo un protagonista de los mundo del espectáculo tenía el interés y el talento para hacer brillar una historia de esta naturaleza? Mi hipótesis es más simple: Sean Penn y Hollywood son la otra cara del Chapo y del narcotráfico. No hablo de complicidades explícitas ni mucho menos de teorías conspiracionales, sino del hecho constatable de que los esquemas imaginarios de ambos mundos son comunes porque, de hecho, se han formado y determinado el uno al otro.

La imaginación es una potencia humana fundamental y la materia prima de las creaciones sociales e históricas. Hacer un esfuerzo por entender sus configuraciones y dilucidar su dinámica debe ser una de las tareas centrales del pensamiento humano si no no queremos que se limite a repetir mecánicamente y por lo tanto, a dejar de ser pensamiento.

Pasajero, de Néstor Mendoza

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La poesía existe de dos maneras: es intensa, conmueve, te atraviesa los ojos y algo de ella, aveces solo una palabra, pocas veces un verso, rara vez un poema completo, se te queda adherido. O pasa volando y se olvida, es leve y blanda, repite cosas ya dichas que nada agregan y entonces la repetición quita y disminuye. Estas dos maneras no están necesariamente vinculadas con la calidad. Son más bien como los sabores que se quedan en la boca después de la lectura, independientemente de los méritos literarios o los hallazgos temáticos que encontremos.  Pareciera que, en este sentido, la poesía no conoce el término medio: la recuerdas, con o sin tu consentimiento, o la olvidas, a veces piadosamente, sea buena o mala, técnicamente superior o mediocre, novísima o la quinta encarnación de un lugar común.

Es infrecuente entonces que me preocupe por un nuevo poemario, que lo relea o lo cite, como me sucede con Pasajero, del joven escritor Néstor Mendoza *, que me obsequió su autor hace casi un mes y que hoy releo con placer y lápiz en mano, ratificando con el subrayado mis primeros descubrimientos y agregando otros que la tranquilidad del día me permite.

Un poeta que celebra el amor y la belleza de su esposa, que describe y analiza el mundo de lo cotidiano y que se atreve al aforismo (que entre nosotros se llama refrán), en una época de imitaciones serviles y descubrimientos del agua tibia, se gana inmediatamente mi respeto y me recuerda que la poesía es muchas cosas y entre ellas, la encarnación más noble de la palabra. Pasajero tiene mucho de lo íntimo y de lo que parece (pero no es) prescindible y también un poco (¿un poco?) de lo trascendente; es, sin embargo, el uso preciso de un espacio intermedio entre estos extremos, con un lenguaje perfilado y austero, su mayor mérito, como lo propone el epígrafe de Montejo: No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio y lo ratifica uno de sus versos: Es suficiente la transición / sin pausa del rojo al verde...

En este terreno intermedio pasan los cuerpos de las mujeres, cuya belleza y sensualidad se hacen visibles y deseables sin que se las nombre directamente; se explicita lo que a primera vista no se ve ni sospecha, como los sudores y el dolor, o no se mira por falta de costumbre, como los dedos y las uñas; también las muchas huellas y partes del cuerpo, como ese de la adolescente que podemos imaginar demorándose en horas de contemplación en el espejo o esa forma reducida del cuerpo que es la calavera: Lo que alguna vez fue garganta, ahora es un / pequeño nido que esconde / varios pichones / aunque siempre tengo hambre, nunca me los / tragaría. Solo dejo que estén allí, / recibiendo / lombrices y el calor de otras plumas.

Creo que fue Borges que una vez dijo que un poema dice la verdad cuando comprobamos que lo que dice no pudo haber sido inventado. El poema que da titulo al libro es una descripción exacta, delicada y precisa de esta experiencia común como lo es viajar en “carrito”, esa forma tan peculiar de nuestro sistema de transporte colectivo: Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben // La mujer que anticipa su parada / se desplaza ente tantos, / rozan su cuerpo y nadie dice. La imagen se completa más adelante, en El lujo del sol: Por más que el paseante acomode / su cuerpo en el transporte, / a la izquierda o a la derecha, siempre / la luz lo cubre entero.

Señalar referencias o ecos de otros poemas (eso que llaman, con pedantería, la intertextualidad) no me agrada, porque es una de las formas de la reiteración de lo obvio de la que se abusa con frecuencia, pero no puedo evitar, cuando sucede tan claramente, escuchar el eco de otras voces en una voz, como me parece escuchar aquí a Eugenio Montejo: Se sabe que los árboles son estáticos / no se mueven por sí solos. / El viento hace que sus hojas se / reanimen / y por eso escuchamos los silbidos y más allá la voz de Antonio Machado: También quisiera limar el tronco / quitar la caspa que se distribuye / en algunos puntos específicos. / Las costras me incomodan… , cosa que no sé si asombrará o molestará al autor.

Igual sucede cuando tratanos de interpretar, de poner sentidos accesorios a un poema lo que en principio va contra la esencia de la poesía (aquello que no pudiera ser dicho de otra manera a como está dicho, creo que dijo Neruda). Pero no puedo evitar leer una insinuación de solidaridad política en Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, aunque el bello poema que la contiene no se agota en esta posible referencia y es un poderoso recordatorio de la realidad, del espacio que ocupa y de lo que hacemos o dejamos que hagan con ello.

¿Será un atrevimiento leer en las siguientes líneas: Hay distintas manera de picar // en partes iguales los apetitos, / que sería sencillo digerirte, / así, lentamente, sin sufrimientos, unas palabras sobre su esposa? En todo caso, esta es mi lectura, muy mía, limitada, parcial y seguramente equivocada, la que me hace gustar de este hermoso poemario y la que me lleva a recomendarlo, si tal cosa es posible.

* Pasajero, Néstor Mendoza, Dcir ediciones, junio de 2015

Tu muñeca será lo que quiera (o la imaginación bastarda)

Un comercial de Barbie nos dice que las niñas que juegan con la muñeca pueden ser lo que ellas quieran, desde veterinarias hasta coachs de un equipo de fútbol y por supuesto, profesoras de neurología, o algo así (veo el comercial sin sonido porque es de noche y mi esposa duerme a mi lado). Parece muy “emancipador”, muy contrario a la idea de que la industria de la felicidad infantil no es sino una máquina de fabricar consumidores idiotas. Pero este simpático comercial, diseñado para que los padres articulen ese inimitable “que bello!” que solo la clase media puede pronunciar con el encanto debido, no solo no es ningún intento por hacer algo diferente, no es un estímulo a la diferencia y la creación independiente sino, por el contrario, la ratificación más cínica de su papel en la cadena de la mercancía. Lo que nos demuestra una vez más, si hacía falta, que un discurso no es emancipador en sí mismo sino dependiendo de las fuerzas y los afectos que moviliza. (Ver comercial aquí).

Jeanne Mammen (1896-1976), sin título

El Gran Crimen: recordando el Genocidio Armenio

Goya: Fraile hablando con una vieja

Desde el pasado 24 de abril se conmemora, en todo el mundo, el centenario del Genocidio Armenio, denominado por este pueblo El Gran Crimen. El siglo XX, siglo cruel y deshonroso si los ha habido, se inaugura con la tragedia de un pueblo que en ese entonces constituía una importante minoría cristiana en el seno del Imperio Otomano. A partir de 1915 y hasta comienzos de la década de 1920, más de un millón y medio de hombres, mujeres, niños y ancianos fueron exterminados de diversas formas, mucho de ellos, en marchas forzadas por el desierto; murieron de sed, de enfermedades, de desesperación; una especie de patíbulo ambulante y prolongado, ya que antes de caer rendido se veía morir a los seres queridos. Esta matanza fue el antecedente directo, el modelo que inspiraría a los nazis un par de décadas más tarde. Desde entonces, todos los crímenes a gran escala por las que nuestra época es famosa se inspirarán los unos a los otros en una perversa espiral de imitación y perfeccionamiento de la crueldad.

Estos hechos, sin embargo, no deben reducirse a simplificaciones maniqueas, como lamentablemente está sucediendo con aquellos que pretenden enemistar a cristianos y musulmanes. El Imperio Otomano constituyó un espacio político que se extendió por Asia, África y partes de Europa que durante siglos representó el esplendor cultural y la civilización del Islam, cobijó la diversidad y propició la tolerancia religiosa y fue un refugio para los perseguidos en muchas latitudes, como es el caso de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. No se trata, por lo tanto, de un crimen “de los turcos” ni “de los musulmanes”, sino de un imperio, de una poderosa estructura política y militar que albergó en su seno lo mejor y lo peor de la humanidad, como sucede con todos los imperios. Lamentablemente en nuestros días es cada vez más común un sentimiento de islamofobia en los países llamados avanzados y cualquier excusa es buena para los ideólogos del racismo y la exclusión para impulsar su causa, así que deseamos enfatizar: estas reflexiones no se inscriben en esa corriente. Fue precisamente este tipo de sentimientos, utilizados cínicamente por quienes detentaban el poder, lo que hizo posible el genocidio armenio.

Las matanzas, masacres y atrocidades, tanto en la paz como en la guerra, han acompañado a la humanidad en todo tiempo y lugar, en Asia y en Mesoamérica, en África, en Europa, en la lejana Australia, en la antigüedad clásica y en la Edad Media, en el llamado Siglo de las Luces y en los tiempos de los Grandes Descubrimientos. Pero, como dice el tango Cambalache, “que el siglo XX es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue”. Somos contemporáneos de una de las épocas más terribles de la historia humana. El jurista polaco Raphael Lemkin en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada, de1944, a quien debemos el término y el concepto jurídico de genocidio, no se inspiró originalmente en el sufrimiento de sus correligionarios sino en la impresión que le causara las informaciones sobre el destino de los armenios.

El Gran Crimen debe ser visto en el contexto de las intervenciones de las potencias europeas (Estados Unidos aún no pertenecía a ese selecto club), de las matanzas que afectaron a turcos, kurdos, griegos, búlgaros, judíos y armenios. El controversial filosofo esloveno Slavoj Zizek ha sido de los pocos que resaltan el papel que jugarnos las potencias occidentales, por acción u omisión, en los muchos procesos violentos que se dieron en el marco de la disolución del Imperio Otomano. En un encuentro del año 2012 con estudiantes de la Universidad de Arte Mimar Sinan, en Estambul, dijo que “(…) Turquía debería disculparse. Pero al hacerlo debería implicar a Europa en este evento. El genocidio ha sido central en el proceso de construcción de los estado nacionales en Europa (…) Turquía solo repetía lo que había aprendido de Occidente”.

Los “negacionistas” cuentan entre ellos académicos de renombre, como Bernard Lewis, autor de numerosos libros sobre Medio Oriente, o aquellos que sin encajar muy bien en la definición de negacionista, tienden a disminuir la gravedad de los hechos, como el escritor Juan Goytiosolo, reciente premio Príncipe de Asturias y uno de los escritores más importantes de las últimas décadas. No faltaron quienes dijeron que en el caso de Lewis, esta actitud era consistente con su apoyo a las acciones de Israel contra los palestinos. Pero las cosas no son tan simples; al poco tiempo un grupo de intelectuales, entre ellos Elie Wiesel, quien pasó de ser un escritor admirado por muchos por su narrativa sobre el Holocausto a convertirse en un apologista incondicional de Israel, prácticamente desconociendo el sufrimiento palestino, firmó en el año 2000 una petición en el sentido contrario, en la que se decía, entre otras cosas: “El genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial es un hecho histórico incontestable y urgimos a las democracias occidentales a reconocerlo como tal”.

En el diario El País de España, 3 de junio de 2007 escribía Juan Goytisolo “En la parte oriental de Anatolia, numerosas iglesias abandonadas dan testimonio de una comunidad hoy desaparecida, y en Van, la antigua ciudad armenia sita al pie de la fortaleza fue sustituida por otra exclusivamente kurda. Dicho esto, y sin entrar en la batalla de cifras, me inclino a creer con Bernard Lewis que no hubo un genocidio planificado, fríamente llevado a cabo como el de los nazis contra los judíos”. Opinión respetable del gran escritor español. Sin embargo, el libro The Young Turks’ Crime Against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire (publicado en 2012), de Taner Akcam, un historiador turco de enorme prestigio ha producido una obra estremecedora, por la cantidad de documentos, algunos por primera vez accesible a un especialista, que demuestran de manera inequívoca las dimensiones y la naturaleza de estas masacres y no deja lugar a las dudas expresadas por Goytisolo o Lewis.

La resolución del Parlamento del MERCOSUR Nº 04/2007, con fecha 19 de noviembre de 2007, señala: “El Parlamento del MERCOSUR declara: Su más enérgica Condena al Genocidio Armenio que costó un millón y medio de vidas entre 1915 y 1923 ejecutado por el Imperio Turco Otomano y expresa su solidaridad con la justa causa del Pueblo Armenio”.

Nuestro país, junto con una parte importante de lo que se denomina “la comunidad internacional” ha declarado su reconocimiento del genocidio, el 14 de junio del año 2005, en una declaración del Parlamento Venezolano, entonces presidido por el actual mandatario Nicolás Maduro Moros.

Lo sucedido a los armenios tiene particular significación para Venezuela, ya que uno de los testigos de las matanzas de 1915 fue un destacado tachirense, un hombre que, en la tradición de Francisco de Miranda luchó en varios continentes y nos legó un testimonio de gran calidad historiográfica y literaria: Rafael de Nogales Méndez. Su obra Cuatro años bajo la media luna narra con gran estilo su participación en la Primera Guerra Mundial en calidad de oficial superior del ejército turco. Un libro que hoy constituye una lectura imprescindible sobre el tema que hemos abordado, una lectura apasionante y enriquecedora de quien nos ocuparemos en otro artículo. Sus memorias, de las que citaremos solo un breve pasaje, bastante citado, constituyen también una denuncia de estaos hechos, narrada con el dramatismo y repugnancia pero sin racionalizaciones:

HIENAS EN FORMA HUMANA

NUNCA HE SIDO UN FUERTE BEBEDOR. Pero debo confesar que no anhelé tanto un trago como en aquella soleada mañana del 18 de junio de 1915, cuando hicimos alto a nuestras cabalgaduras frente a las puertas de la ciudad de Sairt, la antigua capital de Kurdistán, cuyos minaretes se elevaban como agujas de resplandeciente alabastro en el cielo turquesa de Mesopotamia. Sobre un collado cercano, yacían sobre la nieve, en las faldas de los montes, millares de semidesnudos y sangrantes cadáveres de armenios. Me sugerían que también yo era sólo un esqueleto ambulante, casi listo para unirme a ellos en la muerte. Había sido sentenciado a morir por el veneno, el cuchillo o las balas. Sabía demasiado. Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta “mil turcos que habían aplastado la revolución de Armenia. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde. Khalil y varios otros jefes del partido de los jóvenes turcos, quienes habían cometido estos horrendos crímenes, se daban cuenta de que si yo llegaba con vida a Constantinopla, y divulgaba las informaciones que poseía, se verían en grandes dificultades para justificar su conducta. No sólo ante el sultán, sino también ante sus aliados, Alemania y Austria-Hungría, que venían haciendo todo lo posible para detener esas matanzas y deportaciones. Sin embargo, el hecho de que Khalil y Djevded hubiesen tratado de eliminarme, no significaba en lo más mínimo que abrigaran odio personal contra mí, por el contrario éramos los mejores amigos. Si intrigaban para quitarme la vida era por espíritu de propia conservación. Si hubiera estado en lugar de ellos probablemente habría procedido en la misma forma. Habría buscado la manera de eliminar a Bey Nogales, para luego dirigir un telegrama a Constantinopla, describiendo cómo había muerto honrosamente combatiendo por las glorias del califato y los verdes pendones del Pegamber… ¡Lah-Illah-Il-Lalah!”

(Tomado del tomo II de sus Memorias, publicadas por Biblioteca Ayacucho y disponibles en línea de manera gratuita).

Los testimonio de historiadores, de testigos presenciales, de diplomáticos de sacerdotes y pastores protestantes, de ciudadanos europeos y, muy importante, de escritores y ciudadanos turcos, son numerosos, de alta calidad literaria e historiográfica y llevan en su propia escritura, en su entonación, en la lógica de sus discursos, el sello de su autenticidad irrefutable. La cantidad de material disponible en Internet, en muchos idiomas y con distintos niveles de complejidad, por no mencionar los testimonios de las víctimas mismas y de sus descendientes, nos obligan a reconocer una realidad y nos impiden argumentar cualquier clase de escepticismo, indiferencia o relativización, al menos si deseamos conservar la coherencia intelectual y el rigor moral.

Como la Shoa de los judíos, como la Nakba de los palestinos, el genocidio de los armenios es una catástrofe de la humanidad toda, que no saldrá de la oscura sombra que el siglo XX continúa proyectando en el presente hasta que no reconozca y acepte sus deudas pendientes con tantos pueblos maltratados, exterminados, perseguidos, reducidos y olvidados.

Nosotros en Latinoamérica debemos reconocer (y donde sea posible, reparar) la destrucción material y espiritual del mundo precolombino que perpetraron nuestros antepasados, así como el sufrimiento de los africanos trasladados por la fuerza a estas tierras y sometidos a la esclavitud. No podemos cambiar el pasado, pero podemos y debemos mirar nuestra historia con honestidad. Así como tarde o temprano tendrá que hacer Turquía con su pasado.

No hace falta generosidad

Cuando un escritor se vuelve parte importante de nuestra vida aprendemos una generosidad que pocas veces tenemos con las personas que nos rodean. Me refiero a que si amamos sus libros podemos pasar por alto sus pequeñeces, a veces no tan pequeñas, sus estupideces o torpezas, en algunos casos su vileza. Pienso en Dostoievski, antiesemita, xenófobo y reaccionario a quien amo profundamente y a quien no me canso de releer; pienso en Celine y sus canalladas, colaborador de los nazis, y sin embargo, autor de una obra conmovedora e imprescindible. Pienso en Borges, ídolo de mi juventud y eterna víctima de mis plagios fallidos, ese Borges cuyas opiniones cavernícolas jamás oscurecieron su genio.

Hay veces, sin embargo, que el escritor admirado no necesita de una generosidad excepcional que aplaque sus taras sino que su persona misma, como su obra, nos es querida y admirada; entonces uno siente que aunque de manera vicaria y abstracta participa de una herencia, de una comunidad espiritual, siente lo que cuando lo referimos a los seres cercanos denominamos amistad. Es el caso para mi de Juan Goytisolo, reciente ganador del Cervantes. Su autobiografía (Coto Cerrado, Reinos de Taifas) es un texto ejemplar y valioso para entender nuestro tiempo y en cierta manera, a nosotros mismos. Su obra periodística (la que conozco de El País) es siempre grata y atinada; sus novelas, que no he leído en su totalidad, inolvidables, divertidas, en algunos casos geniales. Ojalá sea mejor conocido entre nosotros.
1417272797_374082_1417273019_noticia_normalFoto: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/29/actualidad/1417272797_374082.html

Estirpes condenadas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía apenas catorce años y visitaba a mi amigo “El Mato”, llamado así (mato quiere decir loco en italiano) por lo atrevido de sus apuestas, que siempre ganaba. Una vez apostó no recuerdo ya cuánto dinero, una suma considerable para un muchacho, a que se aparecía en el salón de clases en short y camiseta, lo cual hizo, para gran escándalo de profesores y autoridades y la irrevocable admiración de sus compañeros. Hablamos de lo humano y lo divino. Yo lo admiraba porque parecía haber leído todos los libros y saber todas las cosas, lo que para un adolescente es una experiencia casi obligada. Tenia dos años más que yo y para mi era casi un privilegio poder visitarlo y charlar con él. Al despedirme le pedí que me recomendara algo para leer. Se paró en una silla y rebuscó encima de su ropero; después de muchas consideraciones me dio “Cien años de soledad”. Tienes que leer esto, me dijo enfático. Seguramente dijo “tenés”; estábamos en Argentina, en los comienzos de los 70, pero la memoria traduce los acentos, los gestos y los sentimientos para hacerlos inteligibles.

Reconocí la portada: estaba en todas las librerías y -cosa insólita- en todos los quioscos de periódicos. Era un best-seller. El esnobismo de la edad me indujo a rechazarlo pero Mato me miro fijamente y entendí que no podía. El siguiente fin de semana lo pasé completamente pegado al libro, solo interrumpiendo la lectura para comer o dormir. Así comenzó un amor de toda la vida, amor que permite pasar por alto las pequeñeces del ser amado, sus actitudes equívocas, sus inconsistencias. Fue suficiente con que me regalara tantas horas de felicidad, tantas páginas inolvidables, historias y personajes, frases, maneras de ver y sentir.

Acabo de enconar en Youtube una grabación de Rapsodia en Blue, de Gershwin, con nada más y nada menos que Dudamel y Herbie Hancock, una pieza musical que siempre me hace feliz aunque me toca con una nota de tristeza, si tal cosa es posible. Escucho a Gershwin mientras escribo estas líneas y me doy cuenta de que me siento triste, que se apagó una voz absolutamente original y mágica, valga lo abusado de los adjetivos. Hace poco, hablando con mi amigo Orlando Zabaleta y recordando nuestras lecturas de juventud nos dijimos, casi al mismo tiempo, varios pasajes que habíamos memorizado con una sola lectura, entre ellos el final de la gran novela de Garcia Márquez; Orlando, que es mejor lector que yo, la recordaba con mayor exactitud. Ahora la copio de Google, maravilla técnica que me ahorra un viaje a los anaqueles donde reposa el ejemplar que leí hace mas de cuarenta años: “…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra“.

Descansa en paz, Gabriel García Márquez.

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An die Nachgeborenen

Ciertamente, vivimos en tiempos oscuros. Parece cada día más difícil pensar en aquellos que aun no han nacido y a quienes el poeta pidió una vez que pensaran en nosotros con indulgencia. Cada vez tenemos menos excusas, es decir, menos derecho a que nos miren con misericordia, que recuerden nuestra vida y nuestras obras como nosotros recordamos las de quienes nos antecedieron. Es un arrebato de pesimismo, temporal, superficial, sin consecuencias: ya lo sé. Después de todo, para nosotros también aveces ha sido más fácil cambiar de país que de zapatos y el rostro se nos ha deformado de tanto sufrimiento, propio o ajeno. Pero basta de esta paráfrasis consoladora. Escucha la voz del poeta, que es lo que importa, la persistencia de su voz, la posibilidad de conmovernos más allá de la vida y del tiempo. ¿No es eso, acaso, una esperanza?

Dibujo de Kathe Kollwitz

para Rafael Simón Hurtado.

YouTube es una de las grandes invenciones de los últimos años, nos dice Peter Greenaway, uno de los cineastas más inteligentes e innovadores de la actualidad, en una conferencia que dictó hace poco y que ha causado cierto escándalo (titulada El Cine ha Muerto), cosa que compruebo cada vez que me dejo llevar por su algoritmo que determina qué cosas me pueden interesar con base en lo que ya he visto. Pasear por YouTube es como en otros tiempos fue caminar entre los anaqueles de una librería. Uno busca una cosa y sin darse cuenta llega a otras que no conocía y termina comprando (en mi caso, leyendo apresurado) lo que no imaginó que pudiera interesarle… o que existía. Este fenómeno de encuentros casuales desinteresados y casi aleatorios se llama en inglés serendipity, palabra para la que desconozco su equivalente castellano (algunos hablan de “serendipia”, pero la palabra me descompone el estómago), se da también cuando hojeamos un libros sin propósito definido y de repente una palabra o una frase nos llega a la mirada y nos seduce o cuando, aburridos frente al televisor, circulamos por los canales hasta que el azar o el descuido de quienes planifican la parrilla nos dejan ver una buena película. La serendipity de YouTube, sin embargo, es mucho más frecuente, amplia y sorprendente: películas, clásicas o comerciales, documentales, óperas, recetas de cocina, lecciones de japonés, explicaciones más o menos inteligentes de obras pictóricas famosas, noticias verdaderas o falsas, teorías conspiracionales, divulgación científica de la buena y de la mala, rumores, ciencia, adivinación… y casi todo el espectro de la experiencia humana que se puede registrar en un video, están allí, centenares de millones de videos que se incrementan día a día a un ritmo incomprensible.

YouTube no solo ha cambiando la forma en que consumimos imágenes o encontramos cosas que nos gustan, o que nos enteramos que nos gustan. También ha cambiado nuestra relación con las memorias más atesoradas por nuestra generación: programa de televisión de la infancia, canciones de la adolescencia han ido apareciendo poco a poco, a medida que más y más usuarios “suben” materiales que se encontraban olvidados. Busca algo hoy, algo que añores, esa canción que escuchabas pensando en la chica en la que todos pensaban y que sabías, era imposible para ti. Tal vez se trate de una noticia, un evento político o cultural. Cualquier cosa que te haya llegado por los “medios”. Si no lo encuentras, espera unos días y trata de nuevo. Te sorprenderás.

Encontré esta joya, un video realizado por mi amiga Alyce Santoro, artista conceptual norteamericana, buscando ya no sé qué cosa. Es una disertación deliciosa sobre…. mejor mira el video.

Mil mesetas para Peter Greenaway

Veintisiete minutos y trece segundos dura este hermoso video de Margaret Walker y Patch Sinclair (con colaboración de Liv in(the)finite) y música de Ashley Blackmore. Inspirado en la obra de Giles Deleuze y Felix Guattari Mil Mesetas, fue realizado como un homenaje a una película de Peter Greenaway, uno de los cineastas contemporáneos más destacados, autor de una obra incomparable, original, que apunta hacia una nueva manera de hacer cine.

álvaro mutis

DSC00251Nunca me gustó, a pesar de que hice el esfuerzo, sobre todo por algunos amigos que insistían. Sé cómo es eso: cuando uno ama a un escritor quiere que todo el mundo lo ame. De todas las cosas que leí, solo me quedó en la memoria aquel poema que dice:

A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ése que no fuiste, ése que murió de tanto ser tú mismo lo que eres

que es un gran poema. Por esas líneas (sé que soy injusto, sé que tuvo otros méritos, aunque yo no sea capaz de verlos) lo recordaré. Lamento su desaparición, un poeta, un novelista menos es una puerta que se cierra para siempre.