Disfruta de tu celular

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Algunos de los nombres más notables del mundo de las trasnacionales (los “vampiros” del famoso folleto de Cortazar, que acertadamente acaba de reeditar la editorial pública “El Perro y la Rana”) fueron colaboradores directos del régimen nazi. Entre los más conocidos están IBM, que construyó el sistema de tarjetas perforadas para el control administrativo de los campos de concentración o el diseñador Hugo Boss, apetecido por burócratas y adolescentes, quién le dio ese toqué tan elegante a los uniformes de la SS. Tal vez –según el comentario referido por Boing Boing, de donde tomamos los datos de esta noticia- el trabajo más sucio lo hizo la empresa Siemens, proveedora de teléfonos, equipos de comunicaciones y otras maravillas tecnológicas muy populares en nuestro país.Con mano de obra esclava de prisioneros y de la población conquistada y sometida por Alemania, Siemens construyó un imperio económico de proporciones inimaginables, cuyo poder dura hasta hoy y continúa expandiéndose. La empresa utilizó los mecanismos del terror nazi, enviando a las cámaras de gas a los obreros que cometieran la menor falta en el trabajo. No hace mucho, comenta Cory Doctorow, autor del artículo antes referido, Siemens trató de registrar la marca Zyklon (nombre del gas usado para el exterminio masivo en los campos de concentración) para vender varios productos… ¡entre ellos hornos a gas!

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Niños de Arcilla

La memoria y el alma tienen sus caminos secretos hacia lo que perdemos.  Cualquier imagen que nos evoque a un ser amado que se ha ido, que le devuelva la vida, aunque sea por un momento, puede ser un consuelo, no importa cuan ilusorio o efímero. Nadie puede juzgar cómo cada quien elige combatir la asimetría fundamental en la que se basa la muerte. Pero hay algo de perverso en quienes aprenden a explotar esa ilusión necesaria y generosa de las imágenes. La escultura en arcilla de un bebé muerto tal vez sirva de consuelo a sus padres dolientes, pero al mismo tiempo nos muestra cuan degradada está la conciencia de quienes confunden la ilusión de la representación con la del engaño y en última instancia, los recursos del alma que se encuentran en lucha permanente contra la muerte con aquellos propios de los mecanismos de la muerte.

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El Mendigo y la Caridad

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(Del libro inédito Transgresiones. Publicado en Tiempo Universitario, 30 de Abril de 2007, Año XII Nº 544)

No seas bueno…
Brecht

El mendigo es un personaje que acompaña a la sociedad humana desde tiempos inmemoriales. En Oriente y Occidente, en África antigua, en la América precolombina, han existido individuos que sobran, desechos que la sociedad no puede absorber sino en sus orillas. Algunas veces han sido enfermos incurables, como en su momento los leprosos, mendigos favoritos de los tiempos bíblicos; otras, simplemente gente miserable.
La caridad, ese ejercicio de hipocresía que lleva a los privilegiados a derramar migajas, a dar limosna, a deshacerse de sus ropas viejas, requiere de un receptor, de un destinatario que justifique el sentimiento y lo sostenga. El mendigo es una necesidad de las sociedades poco desarrolladas, decoradas por vagabundos, contadores de historias o descarados exhibicionistas de las mutilaciones que deja en los pobres un mundo sin seguridad laboral.
En las sociedades más complejas, en las grandes urbes modernas, existen enormes contingentes humanos desposeídos, eso que algunos llaman, muy acertadamente, “los marginales”, porque sobreviven, en las condiciones más precarias, en los márgenes de la sociedad. Estrictamente hablando, son prescindibles y por esa razón, de vez en cuando los poderosos de todo signo los exterminan sin piedad. Lo hizo Hitler mediante una política deliberada, con la reconocida eficiencia germana. Lo hace el comisario tercermundista, de manera artesanal, matando a los niños de la calle, a los inservibles, a los “recogelatas”, con esa inocencia, colindante con la idiotez, que portan en el rostro los represores que aman su oficio.
¿Por qué esos mismos seres que un día inspiraron los sentimientos de misericordia, compasión, solidaridad y permitieron a los privilegiados bienpensantes saciar su sed de perdón por todas las porquerías que cometen a diario, hoy son despreciados, enviados al basurero, exterminados como cucarachas?
Sucede simplemente que en las sociedades primitivas el mendigo es, generalmente, el miembro de un grupo muy pequeño, a veces incluso el único representante de su clase en una villa o ciudad, y no tiene como defenderse de bondad del otro. En nuestros días, los miserables se organizan, usan teléfonos celulares, aprenden rápidamente a aprovecharse de los huecos que el sistema deja libre, y pretenden tener derechos. En un momento del desarrollo social fueron una solución al problema de la culpa de los explotadores. Hoy son un problema para ellos.
La caridad, como se ve, es el resultado de una correlación de fuerzas.

Volvemos

Madres de Plaza de Mayo 

Varios días de abandono ha sufrido este, mi blog, culpa de las ocupaciones, de las ilusiones que no cristalizan, de la incapacidad de poner en palabras lo que uno siente, en fin, de todo eso que de tanto abrumarnos se convierte en la vida. El mundo sigue, a pesar de nosotros, o tal vez porque nosotros lo hacemos que siga, sin darnos cuenta, o simplemente porque su naturaleza es seguir. Recomienzo hoy, con la misma desesperanza a punto de quebrase, un día de estos, por esos repentinos “ataques de cordura” que sufren los demás y que, sin quererlo, nos muestran que de verdad otra cosa (iba a decir otro mundo, pero de repente sonó ambicioso) es posible. Es una broma, claro: “los demás” es una fórmula retórica cómoda para desplazar responsabilidades, para negarse a ser protagonista, para permanecer en el ámbito de la palabra. “Los demás somos todos”, quisiera decir, pero me horroriza la idea de que me arrimen a aquellos salvajes que abusaron de lo que fue una vez una consigna libertaria. En fin, que sigo aquí, desde múltiples lugares (este es solo el de la palabra en
la Red), rompiendo olas, nadando contra la corriente, buscando esa mirada objetiva que pueda significar algo para alguien, consciente de las limitaciones, de las fallas, de lo que sabemos con certeza que no llegará, pero que vale la pena buscar, propiciar, invocar y hasta soñar y pelear por ello. Aunque no lo crean, yo me entiendo.

En busca de palabras vivas

Paul Celan

Veo las noticias muy a mi pesar. Las imágenes me persiguen, las páginas insultantes de los periódicos me ofenden con cada línea. Me refugio en esas palabras que siempre vivifican, porque no son el producto de intereses bastardos, sino del alma poética, que no es de nadie porque es de todos.  

Paul Celan, judío francés, de origen rumano, escribió su poesía en alemán, como si la vida obligase a este mago de la palabra a ser internacional o simplemente ciudadano de las letras. ¿Será suficiente antídoto contra la locura que atormenta al mundo en estos días?  

Transcribo un fragmento de uno de sus poemas más famosos, “Muerte en fuga”: 

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y de mañana te bebemos
de tarde bebemos y bebemos
Un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita juega con las serpientes. Grita
tocad mejor la muerte la muerte es un maestro de Alemania. Grita
tocad más sombríos los violines entonces subís al aire en humo
entonces tenéis una tumba en las nubes
-ahí no se yace incómodo-.
Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos de tarde y de mañana te bebemos
y bebemos la muerte es un maestro de Alemania
tiene un ojo azul te acierta con bala de plomo
te acierta justo
un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
azuza a sus perros contra nosotros nos da
una tumba en el aire
juega con las serpientes y suela con la muerte
es un maestro de Alemania
tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita.”

Tomado de: El Poder de la Palabra

¿Es verdad que una imagen…?

Los objetos de los que nos rodeamos dicen mucho de nosotros. Desde los simples juguetes de quienes transitamos la infancia antes de la revolución digital hasta los complejos dispositivos que la moda pone en nuestras manos, casi sin el concurso de nuestra voluntad, un mundo de cosas convive con nosotros, da forma a nuestros gustos y orienta nuestra forma de ver. Los objetos no son presencias neutras, fragmentos de una actividad sin propósito ni accidentes de la materia: son el reflejo tangible de las fuerzas sociales más profundas que evolucionan a nuestras espaldas. Esta botella de refresco “energizante” con forma de granada tal vez diga más de nuestra civilización que mil palabras, si el refrán chino es cierto.

(foto tomada de boingboing, fuente inagotable de sorpresas).

Juegos que juega la gente

 

Hace apenas unos años los juegos de video primero, y las “estaciones dedicadas” tipo Nintendo o PlayStation, más avanzadas, presentaron al mundo y especialmente a los niños, una forma nueva de entretenimiento que a la vez, se podía exhibir como un signo de estatus social. Pocos niños de las clases medias crecieron en la última década sin estos aparatos, hoy casi desplazados por los PDA y los celulares. Recientemente se ha cruzado una peligrosa frontera y lo que hasta hace poco era fuente de diversión se está convirtiendo en algo completamente nuevo. Desde Wolfengitmo, donde se puede jugar a escapar de los perros de la prisión de Guantánamo y ser golpeado por soldados norteamericanos, o la lista de juegos que se puede encontrar en este sitio y que se anuncian abiertamente como  “juegos racistas”, estamos ante el uso de los medios digitales para la constitución deliberada de una sensibilidad criminal.

Para qué sirve un intelectual

El Pensador de Rodin

Si me preguntan para qué sirve un intelectual, lo primero que intento es responder otra pregunta, que me parece casi obligada: ¿qué en es un intelectual? Pudiéramos usar cualquier modelo como base para una definición, pero todos adolecen de alguna mácula, levemente exagerada aquí: el Sócrates de intensas conversaciones trata de mejorar la ciudad dialogando con los mejores, que para la época y el lugar, son los ricos; el erudito helenista compila soberbias antologías y se desentiende del sentido de los textos, que a veces mejora, pero que probablemente no comprende; el “filósofo” de los salones franceses pre-revolucionarios lee sus obras para las clases acomodadas que pretende derrocar; el “intelectual comprometido” e indignado del siglo pasado, elige, con un cálculo exquisito, cual atrocidad ha de denunciar y cual designará como “un mal necesario” para el progreso de la humanidad.

Sospecho que en ese caso, la palabra “intelectual” solo serviría para arropar bajo un mismo concepto a un conjunto de personajes que, muy probablemente, no se reconocerían como “colegas” y que, pensando ya como padre –consideración espuria, quizás, en el contexto de la pregunta – no me atrevería a usar como ejemplo frente a mi hijo o a mis alumnos.

Me gusta más hablar de aquel “hombre de letras”, generalmente educado por tutores privados – es decir, un burgués ajeno al mundo universitario- que sobrevivió hasta hace unos años en seres anacrónicos (y tal vez, por eso mismo, geniales) como Jorge Luis Borges. Me gustan también, en el otro extremo del arco social e ideológico, los autodidactas extraordinarios como Aquiles Nazoa, que aprendían en las bibliotecas públicas un decir más lúcido y mejor labrado que el de muchos que han recibido ese entrenamiento formal que permite hablar de todo sin decir nada. Esos filósofos obligados por las circunstancias de su saber general (pero, a la vez, muy personal), ya solo existen como recuerdo, es decir, como nostalgia de lo perdido.

Parece que hoy llamáramos intelectual a cualquier profesional (un periodista, un abogado, un antropólogo), porque suponemos que “trabaja con el intelecto” (como si fuera posible algún trabajo que prescinda de las fuerzas espirituales del hombre). Las definiciones del diccionario son de poca ayuda y las elaboraciones de la sociología nos abruman: según Gramsci, por ejemplo (y escribimos esto conscientes de que somos injustos con este gran pensador), son intelectuales todos los funcionarios del aparato burocrático del estado, lo cual nos hace presumir una posible cercanía entre la secretaria de un ministro y un poeta, con todo respeto por la secretaria, dicho sea de paso.

Parece que tanto en la memoria de los tiempos idos como en el laberinto de las definiciones, el intelectual se nos presenta elusivo y se escapa de los contornos de una definición. ¿Cómo saber, entonces, para qué sirve ese ser que no sabemos definir muy bien? Pudiéramos preguntarnos si en un tiempo en el que, como dijo una vez Cornelius Castoriadis, “todo licenciado recién salido de la escuela cree que es Voltaire”, en un momento de la historia mundial y nacional, cuando una parte considerable de ese sector social que empuña la pluma, con las honrosas excepciones de siempre, se retiró de la contienda pública o se sometió a la miserable condición de repetidor de consignas ideadas por otros, en fin, si en estos tiempos de redefiniciones, la palabra “intelectual” tiene algún sentido concreto.

Estamos conscientes de que todo lo antes dicho parece una estratagema para no responder la pregunta original. No abusemos de la paciencia de Rafael Simón, quien nos ha honrado con la sola suposición de que tenemos algo que decir. Hagamos un esfuerzo y supongamos que todos sabemos qué cosa es un intelectual. ¿No pudiéramos sugerir que este debería crear su obra desde la óptica del ciudadano? Ese puede ser su mejor “compromiso”, si desea tener uno, o su más alta torre de marfil, si esa fuera su residencia favorita. La definición del intelectual como ciudadano no solo nos permitiría superar una aporía: casi nos autorizaría a imaginar una simetría, tal vez ilegítima, pero útil: aquélla que nos devolvería algo que no quiero nombrar, pero que siento que estamos perdiendo: que todo ciudadano es o puede ser un intelectual, porque, al fin y al cabo, pensar no es una “técnica” propiedad de nadie, sino una facultad humana, mejor o peor desarrollada en cada cual.

El intelectual serviría, entonces, para lo que servimos todos, que no es poca cosa.

Publicado inicialmente en Tiempo Universitario, periódico de la Universidad de Carabobo.