Pasajero, de Néstor Mendoza

the-bus-David Park

La poesía existe de dos maneras: es intensa, conmueve, te atraviesa los ojos y algo de ella, aveces solo una palabra, pocas veces un verso, rara vez un poema completo, se te queda adherido. O pasa volando y se olvida, es leve y blanda, repite cosas ya dichas que nada agregan y entonces la repetición quita y disminuye. Estas dos maneras no están necesariamente vinculadas con la calidad. Son más bien como los sabores que se quedan en la boca después de la lectura, independientemente de los méritos literarios o los hallazgos temáticos que encontremos.  Pareciera que, en este sentido, la poesía no conoce el término medio: la recuerdas, con o sin tu consentimiento, o la olvidas, a veces piadosamente, sea buena o mala, técnicamente superior o mediocre, novísima o la quinta encarnación de un lugar común.

Es infrecuente entonces que me preocupe por un nuevo poemario, que lo relea o lo cite, como me sucede con Pasajero, del joven escritor Néstor Mendoza *, que me obsequió su autor hace casi un mes y que hoy releo con placer y lápiz en mano, ratificando con el subrayado mis primeros descubrimientos y agregando otros que la tranquilidad del día me permite.

Un poeta que celebra el amor y la belleza de su esposa, que describe y analiza el mundo de lo cotidiano y que se atreve al aforismo (que entre nosotros se llama refrán), en una época de imitaciones serviles y descubrimientos del agua tibia, se gana inmediatamente mi respeto y me recuerda que la poesía es muchas cosas y entre ellas, la encarnación más noble de la palabra. Pasajero tiene mucho de lo íntimo y de lo que parece (pero no es) prescindible y también un poco (¿un poco?) de lo trascendente; es, sin embargo, el uso preciso de un espacio intermedio entre estos extremos, con un lenguaje perfilado y austero, su mayor mérito, como lo propone el epígrafe de Montejo: No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio y lo ratifica uno de sus versos: Es suficiente la transición / sin pausa del rojo al verde...

En este terreno intermedio pasan los cuerpos de las mujeres, cuya belleza y sensualidad se hacen visibles y deseables sin que se las nombre directamente; se explicita lo que a primera vista no se ve ni sospecha, como los sudores y el dolor, o no se mira por falta de costumbre, como los dedos y las uñas; también las muchas huellas y partes del cuerpo, como ese de la adolescente que podemos imaginar demorándose en horas de contemplación en el espejo o esa forma reducida del cuerpo que es la calavera: Lo que alguna vez fue garganta, ahora es un / pequeño nido que esconde / varios pichones / aunque siempre tengo hambre, nunca me los / tragaría. Solo dejo que estén allí, / recibiendo / lombrices y el calor de otras plumas.

Creo que fue Borges que una vez dijo que un poema dice la verdad cuando comprobamos que lo que dice no pudo haber sido inventado. El poema que da titulo al libro es una descripción exacta, delicada y precisa de esta experiencia común como lo es viajar en “carrito”, esa forma tan peculiar de nuestro sistema de transporte colectivo: Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben // La mujer que anticipa su parada / se desplaza ente tantos, / rozan su cuerpo y nadie dice. La imagen se completa más adelante, en El lujo del sol: Por más que el paseante acomode / su cuerpo en el transporte, / a la izquierda o a la derecha, siempre / la luz lo cubre entero.

Señalar referencias o ecos de otros poemas (eso que llaman, con pedantería, la intertextualidad) no me agrada, porque es una de las formas de la reiteración de lo obvio de la que se abusa con frecuencia, pero no puedo evitar, cuando sucede tan claramente, escuchar el eco de otras voces en una voz, como me parece escuchar aquí a Eugenio Montejo: Se sabe que los árboles son estáticos / no se mueven por sí solos. / El viento hace que sus hojas se / reanimen / y por eso escuchamos los silbidos y más allá la voz de Antonio Machado: También quisiera limar el tronco / quitar la caspa que se distribuye / en algunos puntos específicos. / Las costras me incomodan… , cosa que no sé si asombrará o molestará al autor.

Igual sucede cuando tratanos de interpretar, de poner sentidos accesorios a un poema lo que en principio va contra la esencia de la poesía (aquello que no pudiera ser dicho de otra manera a como está dicho, creo que dijo Neruda). Pero no puedo evitar leer una insinuación de solidaridad política en Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, aunque el bello poema que la contiene no se agota en esta posible referencia y es un poderoso recordatorio de la realidad, del espacio que ocupa y de lo que hacemos o dejamos que hagan con ello.

¿Será un atrevimiento leer en las siguientes líneas: Hay distintas manera de picar // en partes iguales los apetitos, / que sería sencillo digerirte, / así, lentamente, sin sufrimientos, unas palabras sobre su esposa? En todo caso, esta es mi lectura, muy mía, limitada, parcial y seguramente equivocada, la que me hace gustar de este hermoso poemario y la que me lleva a recomendarlo, si tal cosa es posible.

* Pasajero, Néstor Mendoza, Dcir ediciones, junio de 2015

Estirpes condenadas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía apenas catorce años y visitaba a mi amigo “El Mato”, llamado así (mato quiere decir loco en italiano) por lo atrevido de sus apuestas, que siempre ganaba. Una vez apostó no recuerdo ya cuánto dinero, una suma considerable para un muchacho, a que se aparecía en el salón de clases en short y camiseta, lo cual hizo, para gran escándalo de profesores y autoridades y la irrevocable admiración de sus compañeros. Hablamos de lo humano y lo divino. Yo lo admiraba porque parecía haber leído todos los libros y saber todas las cosas, lo que para un adolescente es una experiencia casi obligada. Tenia dos años más que yo y para mi era casi un privilegio poder visitarlo y charlar con él. Al despedirme le pedí que me recomendara algo para leer. Se paró en una silla y rebuscó encima de su ropero; después de muchas consideraciones me dio “Cien años de soledad”. Tienes que leer esto, me dijo enfático. Seguramente dijo “tenés”; estábamos en Argentina, en los comienzos de los 70, pero la memoria traduce los acentos, los gestos y los sentimientos para hacerlos inteligibles.

Reconocí la portada: estaba en todas las librerías y -cosa insólita- en todos los quioscos de periódicos. Era un best-seller. El esnobismo de la edad me indujo a rechazarlo pero Mato me miro fijamente y entendí que no podía. El siguiente fin de semana lo pasé completamente pegado al libro, solo interrumpiendo la lectura para comer o dormir. Así comenzó un amor de toda la vida, amor que permite pasar por alto las pequeñeces del ser amado, sus actitudes equívocas, sus inconsistencias. Fue suficiente con que me regalara tantas horas de felicidad, tantas páginas inolvidables, historias y personajes, frases, maneras de ver y sentir.

Acabo de enconar en Youtube una grabación de Rapsodia en Blue, de Gershwin, con nada más y nada menos que Dudamel y Herbie Hancock, una pieza musical que siempre me hace feliz aunque me toca con una nota de tristeza, si tal cosa es posible. Escucho a Gershwin mientras escribo estas líneas y me doy cuenta de que me siento triste, que se apagó una voz absolutamente original y mágica, valga lo abusado de los adjetivos. Hace poco, hablando con mi amigo Orlando Zabaleta y recordando nuestras lecturas de juventud nos dijimos, casi al mismo tiempo, varios pasajes que habíamos memorizado con una sola lectura, entre ellos el final de la gran novela de Garcia Márquez; Orlando, que es mejor lector que yo, la recordaba con mayor exactitud. Ahora la copio de Google, maravilla técnica que me ahorra un viaje a los anaqueles donde reposa el ejemplar que leí hace mas de cuarenta años: “…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra“.

Descansa en paz, Gabriel García Márquez.

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para Rafael Simón Hurtado.

YouTube es una de las grandes invenciones de los últimos años, nos dice Peter Greenaway, uno de los cineastas más inteligentes e innovadores de la actualidad, en una conferencia que dictó hace poco y que ha causado cierto escándalo (titulada El Cine ha Muerto), cosa que compruebo cada vez que me dejo llevar por su algoritmo que determina qué cosas me pueden interesar con base en lo que ya he visto. Pasear por YouTube es como en otros tiempos fue caminar entre los anaqueles de una librería. Uno busca una cosa y sin darse cuenta llega a otras que no conocía y termina comprando (en mi caso, leyendo apresurado) lo que no imaginó que pudiera interesarle… o que existía. Este fenómeno de encuentros casuales desinteresados y casi aleatorios se llama en inglés serendipity, palabra para la que desconozco su equivalente castellano (algunos hablan de “serendipia”, pero la palabra me descompone el estómago), se da también cuando hojeamos un libros sin propósito definido y de repente una palabra o una frase nos llega a la mirada y nos seduce o cuando, aburridos frente al televisor, circulamos por los canales hasta que el azar o el descuido de quienes planifican la parrilla nos dejan ver una buena película. La serendipity de YouTube, sin embargo, es mucho más frecuente, amplia y sorprendente: películas, clásicas o comerciales, documentales, óperas, recetas de cocina, lecciones de japonés, explicaciones más o menos inteligentes de obras pictóricas famosas, noticias verdaderas o falsas, teorías conspiracionales, divulgación científica de la buena y de la mala, rumores, ciencia, adivinación… y casi todo el espectro de la experiencia humana que se puede registrar en un video, están allí, centenares de millones de videos que se incrementan día a día a un ritmo incomprensible.

YouTube no solo ha cambiando la forma en que consumimos imágenes o encontramos cosas que nos gustan, o que nos enteramos que nos gustan. También ha cambiado nuestra relación con las memorias más atesoradas por nuestra generación: programa de televisión de la infancia, canciones de la adolescencia han ido apareciendo poco a poco, a medida que más y más usuarios “suben” materiales que se encontraban olvidados. Busca algo hoy, algo que añores, esa canción que escuchabas pensando en la chica en la que todos pensaban y que sabías, era imposible para ti. Tal vez se trate de una noticia, un evento político o cultural. Cualquier cosa que te haya llegado por los “medios”. Si no lo encuentras, espera unos días y trata de nuevo. Te sorprenderás.

Encontré esta joya, un video realizado por mi amiga Alyce Santoro, artista conceptual norteamericana, buscando ya no sé qué cosa. Es una disertación deliciosa sobre…. mejor mira el video.

Mil mesetas para Peter Greenaway

Veintisiete minutos y trece segundos dura este hermoso video de Margaret Walker y Patch Sinclair (con colaboración de Liv in(the)finite) y música de Ashley Blackmore. Inspirado en la obra de Giles Deleuze y Felix Guattari Mil Mesetas, fue realizado como un homenaje a una película de Peter Greenaway, uno de los cineastas contemporáneos más destacados, autor de una obra incomparable, original, que apunta hacia una nueva manera de hacer cine.

destinos posibles de una línea

Tomo un bolígrafo y una hoja y me distraigo mientras dejo que la mano se mueva a su antojo, casi como un remedo de los ejercicios de los surrealistas. La tinta fluye sobre el papel y puede tomar uno de dos o tres caminos que, en general, se excluyen mutuamente. Puede convertirse en escritura (con o sin sentido, buena o mala, comprensible o no) y entonces, tal vez, será leída por alguien (Hay una escritura asémica, como la que practicaba Henri Michaux, pero en general, una idea o una palabra o incluso un solo sonido identificable son suficientes para que la huella de tinta sea parte del lenguaje). Otro camino es el del garabato, el dibujo que no llega a serlo, el atisbo de puntos y rayas que puede convertirse en un borrador o en una mancha sin sentido y que en mi caso particular solo será lo segundo, ya que carezco del mínimo talento para el dibujo.

Pudiera también construir un diagrama: trayectorias que están más del lado de la mirada, del examen asombrado, de la observación meticulosa. Un diagrama puede ser un arreglo bidimensional de ordenes precisas para construir una casa, un objeto, una máquina y por eso mismo, es él mismo una máquina en la que todas sus partes y estados posibles se presentan simultáneamente. Esta última afirmación es cada día menos cierta, en la medida en que los planos, los blueprints, son sustituidos por objetos multimediales que evaden la instantaneidad del diagrama mediante el movimiento real o imaginario de puntos que se encienden y apagan en una pantalla. Mis diagramas, sin embargo, son máquinas abstractas e intransitivas: no servirán de guía en la construcción de cosas sino, en el mejor de los casos, serán semillas de otros diagramas.

Ahora contemplo la obra enigmática y a la vez inspiradora de Robert Strati, artista norteamericano que crea mundos cuya veracidad no puede ser discernida a priori, dado el nivel de detalle, coherencia y resonancia con varias dimensiones de lo real, es decir, que se presentan ante todo como una interrogante, que es después de todo el destino de toda creación.

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Diagrama de Robert Strati.