Imaginar a Valencia

La historia de la humanidad es la historia de la imaginación humana y de sus obras

Cornelius Castoriadis

La ciudad contemporánea, la que poco a poco toma forma y cuyo rostro definitivo se asoma amenazante en el porvenir, se encuentra muy lejos de la ciudad que llevamos en el espíritu, en la memoria y en los sueños, es decir, de la ciudad en la que creemos que vivimos. Al lado de una calle arbolada en la que una vez leímos poesía con nuestros amigos se levanta, casi indiferente, una torre de acero y cristal que al desprevenido le puede recordar a Dubai o Shangai. Donde antes había un café en el que vendían libros hoy se refugia una pandilla de malandrines a la espera de un transeúnte ingenuo. No pretendemos reivindicar una ciudad idílica en la que no había problemas, nos limitamos a contrastar la agresividad de un medio urbano que cada vez nos pertenece menos.

pruebas de luz y colores (99)

Foto: Andrés Cerceau. Restos del antiguo restorán Perecito

Esta dicotomía de habitar al mismo tiempo en dos ciudades que se superponen parcialmente y donde una crece a expensas de la otra puede ser constatada mediante una mirada panorámica de Valencia. Cada vez hay más reductos urbanos cerrados a los que se accede mediante una identificación especial y que en algunos casos se exige la inspección de los vehículos y un interrogatorio similar al de una alcabala de fronteras. Se trata del remedo a escala de los llamados “vecindario cerrados” que proliferan en los Estados Unidos y que alcanzan su expresión más extrema en los asentamientos ilegales que Israel construye en tierra palestina. Estas “micro-ciudades” tienen sus propias escuelas, vigilancia y tal vez dentro de poco servicios de bomberos, etc. Esto pasa en general en “el norte”, pero como es fácil comprobar, los “pobres” también son capaces de construir sus pequeños infiernos urbanos. Nuestra ciudad está repleta de muros, de rejas electrificadas, de torres de vigilancia, de carteles que te advierten, sin ninguna cortesía, que para tu seguridad estás siendo observado y fotografiado. Seguros de que los dirigentes de estos condominios no han leído a Orwell o a Foucault los descargamos de la sospecha de ironía: nos observan, fotografían y espían en serio.

He escrito remedos a escala. Como todo fotógrafo sabe, en la reducción se pierden los detalles. Cualquiera que sea el problema que estas aberraciones urbanas pretendieron resolver no tiene nada que ver con nuestra modesta, hasta hace poco casi rural, muy provinciana ciudad en la que los ricos hace tiempo que dejaron de serlo y los pobres no los amenazan con desposeerlos ni tenemos conflictos étnicos o religiosos ni mucho menos estamos en guerra.

Se acercan las elecciones municipales. Qué bueno sería que se pudiera discutir cómo es la ciudad que queremos. Imaginarla. No desde la perspectiva clientelar de ofertas de mejores servicios y de atención de los problemas urgentes (basura, urbanismo, seguridad, salud). Esto, suponemos, es el deber ser, lo que asumimos que las autoridades municipales hacen porque ese es su trabajo. A estas alturas del siglo XXI, una propuesta municipal centrada en la eficiencia de los servicios es algo así como si visitáramos a un médico y este nos asegurara que se ha lavado las manos para atendernos. La gestión, los servicios, todo eso es importante y esperamos lo mejor de nuestros servidores públicos. De lo que se trata en una discusión colectiva, sin embargo, es de atreverse a imaginar una ciudad distinta. No es verdad que la seguridad se obtienen levantando muros y cercas electrificadas. No es verdad que las empresas privadas de vigilancia nos aseguran una vida más tranquila. No es verdad que construyendo urbanizaciones a diestra y siniestra sin pensar en el impacto ambiental estamos solucionando un problema, sino por el contrario, estamos creando muchos más. Atrevernos a pensar diferente puede parecer un ejercicio utópico, un entretenimiento intelectual o una distracción inútil. Lo verdaderamente utópico e irresponsable es creer, como dice Slavoj Zizek, que las cosas pueden seguir indefinidamente como están.

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alienación y reapropiación

(dedicado a mi amigo Vicente Pontillo)

Cedemos a las máquinas (el automóvil es una máquina, el estado también) nuestras potencias humanas y así nos hacemos más humanos, contradictoria y paradójicamente. Creamos extensiones del cuerpo y de la mente para producir las condiciones de vida que nos permitirán continuar este desarrollo, que durante mucho tiempo pensamos que no tenía fin. Hemos inventado máquinas abstractas (como el álgebra o el software) en las que descargamos parte del esfuerzo intelectual que nos es propio – para que deje de serlo. Los antropólogos hablan de “extensiones” del cuerpo y de la mente. Hegeliano como soy, prefiero hablar de exteriorización (alienación) del espíritu humano (con minúsculas). La alienación es parte fundamental del desarrollo: en su punto máximo, obliga al espíritu a reconocerse en sus productos, a reapropiarse de ellos, a someterlos a su control. Es como la escalera de Wiettgenstein, que una vez usada para subir puede ser desechada. Hegel, claro está, no conoció el desarrollo industrial del Siglo XX ni su inconmensurable maquinaria de guerra (difícil de imaginar en el XXI). En cierta manera modesto (hoy diríamos: provinciano) imaginó que el estado prusiano era la culminación de la Historia. No es ninguna novedad decir que el Estado Moderno, las máquinas de destrucción, una parte importante de la ciencia y la tecnología, el lenguaje mismo y la comunicación son poderes que no solo no nos pertenecen, que no controlamos en absoluto, sino que nos amenazan con aplastarnos, en diversos sentidos. El gran desafío del presente, aquel del que depende la supervivencia no ya del Espíritu (ahora en mayúsculas) sino de la propia vida humana, es la urgencia de someter al control humano los productos de su trabajo. Sabemos que una apropiación total (es decir, la emancipación humana total) no es posible. Hemos creado monstruos que no pueden ser completamente dominados sino, tal vez, solo domesticados. Guiados con cautela. Se trata de la tarea democrática colectiva más importante del genero humano desde su aparición sobre la tierra.

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Pintura realizada por el robot E-David. Ver artículo (en inglés) aquí. (vía Wired.com)