El Gran Crimen: recordando el Genocidio Armenio

Goya: Fraile hablando con una vieja

Desde el pasado 24 de abril se conmemora, en todo el mundo, el centenario del Genocidio Armenio, denominado por este pueblo El Gran Crimen. El siglo XX, siglo cruel y deshonroso si los ha habido, se inaugura con la tragedia de un pueblo que en ese entonces constituía una importante minoría cristiana en el seno del Imperio Otomano. A partir de 1915 y hasta comienzos de la década de 1920, más de un millón y medio de hombres, mujeres, niños y ancianos fueron exterminados de diversas formas, mucho de ellos, en marchas forzadas por el desierto; murieron de sed, de enfermedades, de desesperación; una especie de patíbulo ambulante y prolongado, ya que antes de caer rendido se veía morir a los seres queridos. Esta matanza fue el antecedente directo, el modelo que inspiraría a los nazis un par de décadas más tarde. Desde entonces, todos los crímenes a gran escala por las que nuestra época es famosa se inspirarán los unos a los otros en una perversa espiral de imitación y perfeccionamiento de la crueldad.

Estos hechos, sin embargo, no deben reducirse a simplificaciones maniqueas, como lamentablemente está sucediendo con aquellos que pretenden enemistar a cristianos y musulmanes. El Imperio Otomano constituyó un espacio político que se extendió por Asia, África y partes de Europa que durante siglos representó el esplendor cultural y la civilización del Islam, cobijó la diversidad y propició la tolerancia religiosa y fue un refugio para los perseguidos en muchas latitudes, como es el caso de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. No se trata, por lo tanto, de un crimen “de los turcos” ni “de los musulmanes”, sino de un imperio, de una poderosa estructura política y militar que albergó en su seno lo mejor y lo peor de la humanidad, como sucede con todos los imperios. Lamentablemente en nuestros días es cada vez más común un sentimiento de islamofobia en los países llamados avanzados y cualquier excusa es buena para los ideólogos del racismo y la exclusión para impulsar su causa, así que deseamos enfatizar: estas reflexiones no se inscriben en esa corriente. Fue precisamente este tipo de sentimientos, utilizados cínicamente por quienes detentaban el poder, lo que hizo posible el genocidio armenio.

Las matanzas, masacres y atrocidades, tanto en la paz como en la guerra, han acompañado a la humanidad en todo tiempo y lugar, en Asia y en Mesoamérica, en África, en Europa, en la lejana Australia, en la antigüedad clásica y en la Edad Media, en el llamado Siglo de las Luces y en los tiempos de los Grandes Descubrimientos. Pero, como dice el tango Cambalache, “que el siglo XX es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue”. Somos contemporáneos de una de las épocas más terribles de la historia humana. El jurista polaco Raphael Lemkin en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada, de1944, a quien debemos el término y el concepto jurídico de genocidio, no se inspiró originalmente en el sufrimiento de sus correligionarios sino en la impresión que le causara las informaciones sobre el destino de los armenios.

El Gran Crimen debe ser visto en el contexto de las intervenciones de las potencias europeas (Estados Unidos aún no pertenecía a ese selecto club), de las matanzas que afectaron a turcos, kurdos, griegos, búlgaros, judíos y armenios. El controversial filosofo esloveno Slavoj Zizek ha sido de los pocos que resaltan el papel que jugarnos las potencias occidentales, por acción u omisión, en los muchos procesos violentos que se dieron en el marco de la disolución del Imperio Otomano. En un encuentro del año 2012 con estudiantes de la Universidad de Arte Mimar Sinan, en Estambul, dijo que “(…) Turquía debería disculparse. Pero al hacerlo debería implicar a Europa en este evento. El genocidio ha sido central en el proceso de construcción de los estado nacionales en Europa (…) Turquía solo repetía lo que había aprendido de Occidente”.

Los “negacionistas” cuentan entre ellos académicos de renombre, como Bernard Lewis, autor de numerosos libros sobre Medio Oriente, o aquellos que sin encajar muy bien en la definición de negacionista, tienden a disminuir la gravedad de los hechos, como el escritor Juan Goytiosolo, reciente premio Príncipe de Asturias y uno de los escritores más importantes de las últimas décadas. No faltaron quienes dijeron que en el caso de Lewis, esta actitud era consistente con su apoyo a las acciones de Israel contra los palestinos. Pero las cosas no son tan simples; al poco tiempo un grupo de intelectuales, entre ellos Elie Wiesel, quien pasó de ser un escritor admirado por muchos por su narrativa sobre el Holocausto a convertirse en un apologista incondicional de Israel, prácticamente desconociendo el sufrimiento palestino, firmó en el año 2000 una petición en el sentido contrario, en la que se decía, entre otras cosas: “El genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial es un hecho histórico incontestable y urgimos a las democracias occidentales a reconocerlo como tal”.

En el diario El País de España, 3 de junio de 2007 escribía Juan Goytisolo “En la parte oriental de Anatolia, numerosas iglesias abandonadas dan testimonio de una comunidad hoy desaparecida, y en Van, la antigua ciudad armenia sita al pie de la fortaleza fue sustituida por otra exclusivamente kurda. Dicho esto, y sin entrar en la batalla de cifras, me inclino a creer con Bernard Lewis que no hubo un genocidio planificado, fríamente llevado a cabo como el de los nazis contra los judíos”. Opinión respetable del gran escritor español. Sin embargo, el libro The Young Turks’ Crime Against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire (publicado en 2012), de Taner Akcam, un historiador turco de enorme prestigio ha producido una obra estremecedora, por la cantidad de documentos, algunos por primera vez accesible a un especialista, que demuestran de manera inequívoca las dimensiones y la naturaleza de estas masacres y no deja lugar a las dudas expresadas por Goytisolo o Lewis.

La resolución del Parlamento del MERCOSUR Nº 04/2007, con fecha 19 de noviembre de 2007, señala: “El Parlamento del MERCOSUR declara: Su más enérgica Condena al Genocidio Armenio que costó un millón y medio de vidas entre 1915 y 1923 ejecutado por el Imperio Turco Otomano y expresa su solidaridad con la justa causa del Pueblo Armenio”.

Nuestro país, junto con una parte importante de lo que se denomina “la comunidad internacional” ha declarado su reconocimiento del genocidio, el 14 de junio del año 2005, en una declaración del Parlamento Venezolano, entonces presidido por el actual mandatario Nicolás Maduro Moros.

Lo sucedido a los armenios tiene particular significación para Venezuela, ya que uno de los testigos de las matanzas de 1915 fue un destacado tachirense, un hombre que, en la tradición de Francisco de Miranda luchó en varios continentes y nos legó un testimonio de gran calidad historiográfica y literaria: Rafael de Nogales Méndez. Su obra Cuatro años bajo la media luna narra con gran estilo su participación en la Primera Guerra Mundial en calidad de oficial superior del ejército turco. Un libro que hoy constituye una lectura imprescindible sobre el tema que hemos abordado, una lectura apasionante y enriquecedora de quien nos ocuparemos en otro artículo. Sus memorias, de las que citaremos solo un breve pasaje, bastante citado, constituyen también una denuncia de estaos hechos, narrada con el dramatismo y repugnancia pero sin racionalizaciones:

HIENAS EN FORMA HUMANA

NUNCA HE SIDO UN FUERTE BEBEDOR. Pero debo confesar que no anhelé tanto un trago como en aquella soleada mañana del 18 de junio de 1915, cuando hicimos alto a nuestras cabalgaduras frente a las puertas de la ciudad de Sairt, la antigua capital de Kurdistán, cuyos minaretes se elevaban como agujas de resplandeciente alabastro en el cielo turquesa de Mesopotamia. Sobre un collado cercano, yacían sobre la nieve, en las faldas de los montes, millares de semidesnudos y sangrantes cadáveres de armenios. Me sugerían que también yo era sólo un esqueleto ambulante, casi listo para unirme a ellos en la muerte. Había sido sentenciado a morir por el veneno, el cuchillo o las balas. Sabía demasiado. Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta “mil turcos que habían aplastado la revolución de Armenia. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde. Khalil y varios otros jefes del partido de los jóvenes turcos, quienes habían cometido estos horrendos crímenes, se daban cuenta de que si yo llegaba con vida a Constantinopla, y divulgaba las informaciones que poseía, se verían en grandes dificultades para justificar su conducta. No sólo ante el sultán, sino también ante sus aliados, Alemania y Austria-Hungría, que venían haciendo todo lo posible para detener esas matanzas y deportaciones. Sin embargo, el hecho de que Khalil y Djevded hubiesen tratado de eliminarme, no significaba en lo más mínimo que abrigaran odio personal contra mí, por el contrario éramos los mejores amigos. Si intrigaban para quitarme la vida era por espíritu de propia conservación. Si hubiera estado en lugar de ellos probablemente habría procedido en la misma forma. Habría buscado la manera de eliminar a Bey Nogales, para luego dirigir un telegrama a Constantinopla, describiendo cómo había muerto honrosamente combatiendo por las glorias del califato y los verdes pendones del Pegamber… ¡Lah-Illah-Il-Lalah!”

(Tomado del tomo II de sus Memorias, publicadas por Biblioteca Ayacucho y disponibles en línea de manera gratuita).

Los testimonio de historiadores, de testigos presenciales, de diplomáticos de sacerdotes y pastores protestantes, de ciudadanos europeos y, muy importante, de escritores y ciudadanos turcos, son numerosos, de alta calidad literaria e historiográfica y llevan en su propia escritura, en su entonación, en la lógica de sus discursos, el sello de su autenticidad irrefutable. La cantidad de material disponible en Internet, en muchos idiomas y con distintos niveles de complejidad, por no mencionar los testimonios de las víctimas mismas y de sus descendientes, nos obligan a reconocer una realidad y nos impiden argumentar cualquier clase de escepticismo, indiferencia o relativización, al menos si deseamos conservar la coherencia intelectual y el rigor moral.

Como la Shoa de los judíos, como la Nakba de los palestinos, el genocidio de los armenios es una catástrofe de la humanidad toda, que no saldrá de la oscura sombra que el siglo XX continúa proyectando en el presente hasta que no reconozca y acepte sus deudas pendientes con tantos pueblos maltratados, exterminados, perseguidos, reducidos y olvidados.

Nosotros en Latinoamérica debemos reconocer (y donde sea posible, reparar) la destrucción material y espiritual del mundo precolombino que perpetraron nuestros antepasados, así como el sufrimiento de los africanos trasladados por la fuerza a estas tierras y sometidos a la esclavitud. No podemos cambiar el pasado, pero podemos y debemos mirar nuestra historia con honestidad. Así como tarde o temprano tendrá que hacer Turquía con su pasado.

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