álvaro mutis

DSC00251Nunca me gustó, a pesar de que hice el esfuerzo, sobre todo por algunos amigos que insistían. Sé cómo es eso: cuando uno ama a un escritor quiere que todo el mundo lo ame. De todas las cosas que leí, solo me quedó en la memoria aquel poema que dice:

A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ése que no fuiste, ése que murió de tanto ser tú mismo lo que eres

que es un gran poema. Por esas líneas (sé que soy injusto, sé que tuvo otros méritos, aunque yo no sea capaz de verlos) lo recordaré. Lamento su desaparición, un poeta, un novelista menos es una puerta que se cierra para siempre.

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Imaginar a Valencia

La historia de la humanidad es la historia de la imaginación humana y de sus obras

Cornelius Castoriadis

La ciudad contemporánea, la que poco a poco toma forma y cuyo rostro definitivo se asoma amenazante en el porvenir, se encuentra muy lejos de la ciudad que llevamos en el espíritu, en la memoria y en los sueños, es decir, de la ciudad en la que creemos que vivimos. Al lado de una calle arbolada en la que una vez leímos poesía con nuestros amigos se levanta, casi indiferente, una torre de acero y cristal que al desprevenido le puede recordar a Dubai o Shangai. Donde antes había un café en el que vendían libros hoy se refugia una pandilla de malandrines a la espera de un transeúnte ingenuo. No pretendemos reivindicar una ciudad idílica en la que no había problemas, nos limitamos a contrastar la agresividad de un medio urbano que cada vez nos pertenece menos.

pruebas de luz y colores (99)

Foto: Andrés Cerceau. Restos del antiguo restorán Perecito

Esta dicotomía de habitar al mismo tiempo en dos ciudades que se superponen parcialmente y donde una crece a expensas de la otra puede ser constatada mediante una mirada panorámica de Valencia. Cada vez hay más reductos urbanos cerrados a los que se accede mediante una identificación especial y que en algunos casos se exige la inspección de los vehículos y un interrogatorio similar al de una alcabala de fronteras. Se trata del remedo a escala de los llamados “vecindario cerrados” que proliferan en los Estados Unidos y que alcanzan su expresión más extrema en los asentamientos ilegales que Israel construye en tierra palestina. Estas “micro-ciudades” tienen sus propias escuelas, vigilancia y tal vez dentro de poco servicios de bomberos, etc. Esto pasa en general en “el norte”, pero como es fácil comprobar, los “pobres” también son capaces de construir sus pequeños infiernos urbanos. Nuestra ciudad está repleta de muros, de rejas electrificadas, de torres de vigilancia, de carteles que te advierten, sin ninguna cortesía, que para tu seguridad estás siendo observado y fotografiado. Seguros de que los dirigentes de estos condominios no han leído a Orwell o a Foucault los descargamos de la sospecha de ironía: nos observan, fotografían y espían en serio.

He escrito remedos a escala. Como todo fotógrafo sabe, en la reducción se pierden los detalles. Cualquiera que sea el problema que estas aberraciones urbanas pretendieron resolver no tiene nada que ver con nuestra modesta, hasta hace poco casi rural, muy provinciana ciudad en la que los ricos hace tiempo que dejaron de serlo y los pobres no los amenazan con desposeerlos ni tenemos conflictos étnicos o religiosos ni mucho menos estamos en guerra.

Se acercan las elecciones municipales. Qué bueno sería que se pudiera discutir cómo es la ciudad que queremos. Imaginarla. No desde la perspectiva clientelar de ofertas de mejores servicios y de atención de los problemas urgentes (basura, urbanismo, seguridad, salud). Esto, suponemos, es el deber ser, lo que asumimos que las autoridades municipales hacen porque ese es su trabajo. A estas alturas del siglo XXI, una propuesta municipal centrada en la eficiencia de los servicios es algo así como si visitáramos a un médico y este nos asegurara que se ha lavado las manos para atendernos. La gestión, los servicios, todo eso es importante y esperamos lo mejor de nuestros servidores públicos. De lo que se trata en una discusión colectiva, sin embargo, es de atreverse a imaginar una ciudad distinta. No es verdad que la seguridad se obtienen levantando muros y cercas electrificadas. No es verdad que las empresas privadas de vigilancia nos aseguran una vida más tranquila. No es verdad que construyendo urbanizaciones a diestra y siniestra sin pensar en el impacto ambiental estamos solucionando un problema, sino por el contrario, estamos creando muchos más. Atrevernos a pensar diferente puede parecer un ejercicio utópico, un entretenimiento intelectual o una distracción inútil. Lo verdaderamente utópico e irresponsable es creer, como dice Slavoj Zizek, que las cosas pueden seguir indefinidamente como están.

cuando era pesimista

De todas las locuras con las que soñó el hombre, tal vez el Fin del Mundo haya sido la más increíble, las más estrafalaria, ya que su cumplimiento significaba la abolición de todas las posibilidades, incluida ella misma. El post-humanismo, la guerra total en la que vivimos, los niños suicidas, el tráfico de órganos, los delirios ilustrados de los científicos de la robótica o del genoma, son simples heraldos de segunda clase de lo que nos tiene reservado la visión de alucinado de Patmos. En este diario divagaremos por las noticias más alarmantes, esas que nos hacen más conscientes, a cada minuto, de que la más improbable de todas las estupideces de la religión posiblemente termine siendo cierta.
Melancolía de Lars von Trier

De mi antiguo blog bilingüe darkglance.

De viajes, prejuicios y bibliotecas

(Publicado hace dos años en El Ciudadano, de Chile y dedicado a mi amigo Fernando Baez) 
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1. ¿Cómo nacen las bibliotecas? Las grandes son obra de presidentes o de reyes, de filántropos, de excéntricos. Las personales, más modestas, son el resultado de muchos azares, no todos fáciles de contar. He acumulado cuatro bibliotecas en mi vida, he perdido tres, casi siempre por motivo de viajes que comienzan como un paseo y se vuelven irreversibles (prefiero no pensar en la palabra exilio). Rara vez sabemos con exactitud lo que dejamos atrás: familiares, amigos, un mundo de la vida. Toda despedida es triste, algunas son definitivas.

También sucede con los libros.

(Las razones para construir bibliotecas son muchas. Van desde la obsesión enferma y altamente simbólica de Kien, en Auto de Fe, hasta la de Babel, imaginada por Borges. La historia de Canetti puede ser entre muchas otras cosas, un relato de cómo se perpetúa y eventualmente se destruye una biblioteca. La de Borges, es de tal perfección axiomática que solo puede existir en el mundo ideal de las geometrías, de las que las bibliotecas terrenales son mera copia. Entre estos dos polos se encuentra la inofensiva acumulación de libros, casi involuntaria, de cualquiera de nosotros).

2. Hace unos años, para esta misma fecha, que es la Semana Santa cristiana y (más o menos) la Pascua judía, salí para Bélgica, apurado, no porque alguien me persiguiera sino porque no sé viajar de otra manera. Solo podía llevar pocos libros, por lo mucho que pesan. Yo colocaba en la maleta mis queridos volúmenes mientras mi esposa los sacaba. Eventualmente llegamos a una tregua: solo diez libros (decretó ella). Súbitamente me encontré en la situación imaginaria de la famosa pregunta: “Si tuvieras que llevar unos libros a una isla…”. Nunca me ha gustado ceder mi voluntad a los requisitos de la prisa: escogí mis libros al azar.

En un documental de la televisión francesa, hace años, escuché a Michel Serres decir (más o menos) que a medida que se hacía viejo aprendía a distinguir lo fundamental de lo accesorio y por lo tanto, a viajar más ligero, con lo estrictamente imprescindible.

3. Ya en mi destino (un pequeño pueblo cerca de Amberes, que jamás había oído nombrar) contemplaba mi ínfima biblioteca, sus lomos, carátulas y títulos, recapitulaba los momentos cuando había tenido en mis manos por primera vez La gran Bonanza de las Antillas, de Ítalo Calvino, una edición muy mal encuadernada de las Obras Escogidas de Borges, que compré en Margarita, en un quiosco de revistas cerca del malecón, la Biografía de Kepler de Arthur Koestler que me regaló mi padre, una Biblia, la Reina Valera de mi juventud, una selección de ensayos de Walter Benjamin con un estudio preliminar de Hannah Arendt, Fausto, La Institución Imaginaria de la Sociedad de Castoriadis (probablemente el libro de filosofía más importante del siglo XX), los Ensayos de Francis Bacon, Muerte y Memoria, de Eugenio Montejo, hermosa edición de tapa dura que me prestó un amigo y que nunca devolví y Aprenda Holandés en Diez Días, que no me sirvió para nada.

Meditando, recreando lecturas, saboreando los pasajes que han quedado en la memoria, constaté con cierto disgusto primero y con retardada sorpresa después, que allí no estaba Hegel, a quien consideraba mi maestro, ni el gran Freud, lectura de toda mi vida, ni Rilke, ni muchos de los poetas y escritores que tanto amo. No estaban Montaigne ni Valery. El reverenciado Kafka. Elias Canetti. Robert Walser. Espinosa. La Enciclopedia de los Muertos de Danilo Kis. El librito de García Bacca sobre Los Clásicos Griegos de Miranda. Mucho menos el imponente y desmesurado Talmud ni las completas de Marx y Engels, excluidos desde el principio por su tamaño. Si días antes me hubieran preguntado cuán importante era Calvino para mí, seguro que no lo hubiera puesto en el primer lugar. Borges y Goethe, sin duda. Pero, ¿Koestler? No me gusta el personaje ni comparto sus ideas. La prisa, la emergencia, lo inesperado, nos obligan a tomar decisiones que escapan a la racionalidad cotidiana en la que se refugian las cosas que nos son más queridas. Como aquellos judíos que al huir de Egipto, solo encontraron masa sin leudar y descubrieron, a partir de un accidente, una tradición sagrada.

4. Las bibliotecas, por imponente que parezcan los edificios que las cobijan o por modestos que sean los anaqueles que las contienen, nunca son resultado de un plan deliberado.

Ya se trate de múltiples anaqueles, como en el caso de mi amigo Pedro Téllez, quien heredó y continuó alimentando una extraordinaria colección, o simplemente de ese montón desordenado de libros que hay en la habitación de cualquier estudiante, o para el caso, de ese apilamiento que en pocos días levanto sin darme cuenta en cualquier lugar donde me encuentro, como la stupa de un devoto de las cuatro nobles verdades. La verdad es que una biblioteca es un paréntesis de estabilidad, relativamente precario, siempre delicado, en el que por un tiempo se refugian los libros y conviven silenciosos para nuestro solaz.

Lecturas incompletas, pérdidas, robos, o por el contrario, adquisiciones, escrituras apresuradas, impulsos de coleccionista, arrebatos de filantropía: una miríada de operaciones heterogéneas confluye para que en un momento dado, por un determinado tiempo, la biblioteca exista, permanezca más allá de sus cambios.

Sabemos muy bien, lamentablemente, cómo se pierden: abandono, barbarie, guerra, incendios.

5. Si alguna lógica cabe en la génesis de las bibliotecas (aunque en otra parte he escrito diferente), es la que se deriva de las tres formas elementales de la lectura. Hay una lectura de fondo que fluye permanentemente como esas largas resonancias que se escuchan en una sinfonía de Sibelius, que da sentido y hace posible todas las demás lecturas, porque en ella se acrisola la inteligibilidad de las referencias, los automatismos de la comprensión, la gestualidad de la interpretación.

En casi toda casa con un mínimo de sentido cultural existe por lo menos una enciclopedia, una colección de libros “imprescindibles”. La Biblioteca Ayacucho, que en su momento se adquiría por un precio exiguo, permitió a cualquier hogar venezolano, por humilde que fuera, tener una de las colecciones mejor pensadas de nuestro continente. Toda casa tiene una Biblia. Shakespeare y La Divina Comedia no son infrecuentes.

6. Una segunda lectura, en cambio, es la que tiene un propósito definido. La de la escuela y el aprendizaje en cualquiera de sus niveles y modos, la de los momentos particulares de la vida, como cuando nos preocupa el amor de una mujer y leemos a Flaubert o a Barthes. La biblioteca que corresponde a esta lectura es la biblioteca especializada. No tiene que ser una biblioteca profesional, como la que poseía Marc de Civrieux, a quien conocimos en Mérida hace unas dos décadas, cuando nuestro hijo aún no había nacido. La mejor biblioteca de antropología de Venezuela, me dijo. En aquellos días, presintiendo una muerte que llegaría mucho más tarde, trató de donar su valiosa posesión y no consiguió que ninguna institución la aceptara. Pase noches enteras deambulando entre sus anaqueles.

7. La lectura corriente es esa que hacemos día a día, en respuesta a las sugerencias de los amigos, a las referencias que encontramos en otras lecturas, a lo que nos insinúa una película, una noticia, algo que pasa. Los premios literarios, las reediciones con motivo de la muerte de un gran escritor, los libros periodísticos sobre temas de actualidad, los libros de los que la gente habla. Si somos “cultos” (dicen mis prejuicios), hablaremos de Pamuk o de Coetzee. Si más o menos snobs (apunta mi falta de tacto), de algún filósofo de moda, como Fernando Savater. Si de poca educación o de muy escaso intelecto (puedo ser repugnante – pero exacto), entonces se impondrá la “autoayuda” o los libros de ocultismo, el Grupo de Bilderberg o Los Protocolos de los Sabios de Sión. A estas lecturas corresponde la biblioteca heterogénea, la que en general usamos para adornar la sala. En ella coexiste la gran literatura con la banalidad, el libro de periodismo con el clásico de filosofía.

8. Tres maneras de leer, mis (arbitrarios y tal vez ofensivos) prejuicios y un viaje inesperado, seguramente sólo explican mi pequeña colección. Otros tendrán sus anécdotas, sus razones, como la compulsión de comprar libros o la generosidad de aquellos amigos que nos conocen tan mal que solo atinan a regalarnos libros. Pero enumerar factores nunca ha agotado un tema. La razón de nombrarlos en esta modesta nota es que debemos aprender a contemplar nuestra vida, que sin examinar, decía Sócrates, no merece ser vivida. Nuestra biblioteca es solo un reflejo exterior de nosotros, sus atributos, nuestros rasgos personales.

Addendum: En su autobiografía, In my own way, Alan Watts cuenta que su amigo Aldous Huxley solía viajar con la Enciclopedia Británica, la cual llevaba en un baúl a todas partes y que, gracias a ello, con el tiempo acabó leyéndola toda. Hoy le bastaría un Kindle o un iPad. La tecnología no sólo va a cambiar la manera de viajar sino también cómo entendemos (y construimos) las bibliotecas. Con seguridad cambiará nuestros prejuicios.

http://www.elciudadano.cl/2011/04/03/34144/de-viajes-prejuicios-y-bibliotecas/

hace 11 años: pregunta inútil

La pregunta es si este momento es posible, si realmente está sucediendo y estamos aquí, frente a frente, mirándonos las caras y escuchando nuestras voces.

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Imagen tomada del blog http://peterlachnewinsky.wordpress.com/

Pensar que el mismo hecho de vernos y tocarnos es prueba suficiente (o demostración innecesaria de lo inútil de la pregunta, como pensaría un filósofo) es atribuir a una cosa la posibilidad de justificarse ella misma, de mostrar, con su sola apariencia, su realidad. De ser esto cierto, los sueños o las alucinaciones serían tan verdaderos como los golpes de la vida, esos que según el poeta nos envía la ira de Dios. Pero no lo son.

El momento no puede hablar por sí mismo, porque no le creeríamos (como suponen que creemos los ingenuos publicistas, cuando los fabricantes de salchichas alaban a sus propios productos). No, este momento es irreal, ficticio, probablemente una mentira bien construida. ¿Qué pudiera salvarlo de su irrealidad, qué nos convencería de que estamos aquí, de que somos nosotros y no una imagen especular escapada de alguna superficie brillante, que se oyen voces verdaderas y no la repetición de ecos sombríos producidos por las sinuosas cavernas de lo inexistente?

La pregunta es inocente y a la vez perversa. Es inocente, porque es filosóficamente ingenua, propia de un escolar, o de alguien que ha entendido mal la metafísica. Pero es perversa porque, como todos los falsos dilemas, exige aclaratorias más extensas que las dudas que suscita.

Estamos aquí, muertos o vivos, realmente nunca lo sabremos, pero estamos aquí. Esta música suena y seduce, y tal vez sea sólo un silencio de colores. Estas gentes que nos miran pudieran ser pinturas de sombras. Pero estamos aquí, y cualquiera que sea la densidad de nuestra substancia, dejaremos una huella, visible, invisible, profunda o apenas dibujada sobre el suelo que pisamos.

Que otros pregunten por la realidad de la huella, por su origen, por su sentido.

Cuando eso suceda, este momento ya no será real ni ficticio, sino imaginario, y sólo quedará el recuerdo de una duda (Las dudas que se recuerdan son recuerdos dudosos, las que se olvidan, certezas muertas, las que permanecen latiendo como aguijones en la conciencia, molestias de la vida).

La pregunta es si este momento es posible, si realmente está sucediendo y estamos aquí, frente a frente, mirándonos las caras y escuchando nuestras voces.

Tomado de mi viejo blog Fragmentos, abandonado hace más de una década. Este texto fue escrito para un concierto de Miguel Angel Noya, el 3 de agosto de 2002.