(Publicado hace dos años en El Ciudadano, de Chile y dedicado a mi amigo Fernando Baez) 
Imagen

1. ¿Cómo nacen las bibliotecas? Las grandes son obra de presidentes o de reyes, de filántropos, de excéntricos. Las personales, más modestas, son el resultado de muchos azares, no todos fáciles de contar. He acumulado cuatro bibliotecas en mi vida, he perdido tres, casi siempre por motivo de viajes que comienzan como un paseo y se vuelven irreversibles (prefiero no pensar en la palabra exilio). Rara vez sabemos con exactitud lo que dejamos atrás: familiares, amigos, un mundo de la vida. Toda despedida es triste, algunas son definitivas.

También sucede con los libros.

(Las razones para construir bibliotecas son muchas. Van desde la obsesión enferma y altamente simbólica de Kien, en Auto de Fe, hasta la de Babel, imaginada por Borges. La historia de Canetti puede ser entre muchas otras cosas, un relato de cómo se perpetúa y eventualmente se destruye una biblioteca. La de Borges, es de tal perfección axiomática que solo puede existir en el mundo ideal de las geometrías, de las que las bibliotecas terrenales son mera copia. Entre estos dos polos se encuentra la inofensiva acumulación de libros, casi involuntaria, de cualquiera de nosotros).

2. Hace unos años, para esta misma fecha, que es la Semana Santa cristiana y (más o menos) la Pascua judía, salí para Bélgica, apurado, no porque alguien me persiguiera sino porque no sé viajar de otra manera. Solo podía llevar pocos libros, por lo mucho que pesan. Yo colocaba en la maleta mis queridos volúmenes mientras mi esposa los sacaba. Eventualmente llegamos a una tregua: solo diez libros (decretó ella). Súbitamente me encontré en la situación imaginaria de la famosa pregunta: “Si tuvieras que llevar unos libros a una isla…”. Nunca me ha gustado ceder mi voluntad a los requisitos de la prisa: escogí mis libros al azar.

En un documental de la televisión francesa, hace años, escuché a Michel Serres decir (más o menos) que a medida que se hacía viejo aprendía a distinguir lo fundamental de lo accesorio y por lo tanto, a viajar más ligero, con lo estrictamente imprescindible.

3. Ya en mi destino (un pequeño pueblo cerca de Amberes, que jamás había oído nombrar) contemplaba mi ínfima biblioteca, sus lomos, carátulas y títulos, recapitulaba los momentos cuando había tenido en mis manos por primera vez La gran Bonanza de las Antillas, de Ítalo Calvino, una edición muy mal encuadernada de las Obras Escogidas de Borges, que compré en Margarita, en un quiosco de revistas cerca del malecón, la Biografía de Kepler de Arthur Koestler que me regaló mi padre, una Biblia, la Reina Valera de mi juventud, una selección de ensayos de Walter Benjamin con un estudio preliminar de Hannah Arendt, Fausto, La Institución Imaginaria de la Sociedad de Castoriadis (probablemente el libro de filosofía más importante del siglo XX), los Ensayos de Francis Bacon, Muerte y Memoria, de Eugenio Montejo, hermosa edición de tapa dura que me prestó un amigo y que nunca devolví y Aprenda Holandés en Diez Días, que no me sirvió para nada.

Meditando, recreando lecturas, saboreando los pasajes que han quedado en la memoria, constaté con cierto disgusto primero y con retardada sorpresa después, que allí no estaba Hegel, a quien consideraba mi maestro, ni el gran Freud, lectura de toda mi vida, ni Rilke, ni muchos de los poetas y escritores que tanto amo. No estaban Montaigne ni Valery. El reverenciado Kafka. Elias Canetti. Robert Walser. Espinosa. La Enciclopedia de los Muertos de Danilo Kis. El librito de García Bacca sobre Los Clásicos Griegos de Miranda. Mucho menos el imponente y desmesurado Talmud ni las completas de Marx y Engels, excluidos desde el principio por su tamaño. Si días antes me hubieran preguntado cuán importante era Calvino para mí, seguro que no lo hubiera puesto en el primer lugar. Borges y Goethe, sin duda. Pero, ¿Koestler? No me gusta el personaje ni comparto sus ideas. La prisa, la emergencia, lo inesperado, nos obligan a tomar decisiones que escapan a la racionalidad cotidiana en la que se refugian las cosas que nos son más queridas. Como aquellos judíos que al huir de Egipto, solo encontraron masa sin leudar y descubrieron, a partir de un accidente, una tradición sagrada.

4. Las bibliotecas, por imponente que parezcan los edificios que las cobijan o por modestos que sean los anaqueles que las contienen, nunca son resultado de un plan deliberado.

Ya se trate de múltiples anaqueles, como en el caso de mi amigo Pedro Téllez, quien heredó y continuó alimentando una extraordinaria colección, o simplemente de ese montón desordenado de libros que hay en la habitación de cualquier estudiante, o para el caso, de ese apilamiento que en pocos días levanto sin darme cuenta en cualquier lugar donde me encuentro, como la stupa de un devoto de las cuatro nobles verdades. La verdad es que una biblioteca es un paréntesis de estabilidad, relativamente precario, siempre delicado, en el que por un tiempo se refugian los libros y conviven silenciosos para nuestro solaz.

Lecturas incompletas, pérdidas, robos, o por el contrario, adquisiciones, escrituras apresuradas, impulsos de coleccionista, arrebatos de filantropía: una miríada de operaciones heterogéneas confluye para que en un momento dado, por un determinado tiempo, la biblioteca exista, permanezca más allá de sus cambios.

Sabemos muy bien, lamentablemente, cómo se pierden: abandono, barbarie, guerra, incendios.

5. Si alguna lógica cabe en la génesis de las bibliotecas (aunque en otra parte he escrito diferente), es la que se deriva de las tres formas elementales de la lectura. Hay una lectura de fondo que fluye permanentemente como esas largas resonancias que se escuchan en una sinfonía de Sibelius, que da sentido y hace posible todas las demás lecturas, porque en ella se acrisola la inteligibilidad de las referencias, los automatismos de la comprensión, la gestualidad de la interpretación.

En casi toda casa con un mínimo de sentido cultural existe por lo menos una enciclopedia, una colección de libros “imprescindibles”. La Biblioteca Ayacucho, que en su momento se adquiría por un precio exiguo, permitió a cualquier hogar venezolano, por humilde que fuera, tener una de las colecciones mejor pensadas de nuestro continente. Toda casa tiene una Biblia. Shakespeare y La Divina Comedia no son infrecuentes.

6. Una segunda lectura, en cambio, es la que tiene un propósito definido. La de la escuela y el aprendizaje en cualquiera de sus niveles y modos, la de los momentos particulares de la vida, como cuando nos preocupa el amor de una mujer y leemos a Flaubert o a Barthes. La biblioteca que corresponde a esta lectura es la biblioteca especializada. No tiene que ser una biblioteca profesional, como la que poseía Marc de Civrieux, a quien conocimos en Mérida hace unas dos décadas, cuando nuestro hijo aún no había nacido. La mejor biblioteca de antropología de Venezuela, me dijo. En aquellos días, presintiendo una muerte que llegaría mucho más tarde, trató de donar su valiosa posesión y no consiguió que ninguna institución la aceptara. Pase noches enteras deambulando entre sus anaqueles.

7. La lectura corriente es esa que hacemos día a día, en respuesta a las sugerencias de los amigos, a las referencias que encontramos en otras lecturas, a lo que nos insinúa una película, una noticia, algo que pasa. Los premios literarios, las reediciones con motivo de la muerte de un gran escritor, los libros periodísticos sobre temas de actualidad, los libros de los que la gente habla. Si somos “cultos” (dicen mis prejuicios), hablaremos de Pamuk o de Coetzee. Si más o menos snobs (apunta mi falta de tacto), de algún filósofo de moda, como Fernando Savater. Si de poca educación o de muy escaso intelecto (puedo ser repugnante – pero exacto), entonces se impondrá la “autoayuda” o los libros de ocultismo, el Grupo de Bilderberg o Los Protocolos de los Sabios de Sión. A estas lecturas corresponde la biblioteca heterogénea, la que en general usamos para adornar la sala. En ella coexiste la gran literatura con la banalidad, el libro de periodismo con el clásico de filosofía.

8. Tres maneras de leer, mis (arbitrarios y tal vez ofensivos) prejuicios y un viaje inesperado, seguramente sólo explican mi pequeña colección. Otros tendrán sus anécdotas, sus razones, como la compulsión de comprar libros o la generosidad de aquellos amigos que nos conocen tan mal que solo atinan a regalarnos libros. Pero enumerar factores nunca ha agotado un tema. La razón de nombrarlos en esta modesta nota es que debemos aprender a contemplar nuestra vida, que sin examinar, decía Sócrates, no merece ser vivida. Nuestra biblioteca es solo un reflejo exterior de nosotros, sus atributos, nuestros rasgos personales.

Addendum: En su autobiografía, In my own way, Alan Watts cuenta que su amigo Aldous Huxley solía viajar con la Enciclopedia Británica, la cual llevaba en un baúl a todas partes y que, gracias a ello, con el tiempo acabó leyéndola toda. Hoy le bastaría un Kindle o un iPad. La tecnología no sólo va a cambiar la manera de viajar sino también cómo entendemos (y construimos) las bibliotecas. Con seguridad cambiará nuestros prejuicios.

http://www.elciudadano.cl/2011/04/03/34144/de-viajes-prejuicios-y-bibliotecas/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s