“Las reservas más fuertes, las críticas más radicales a Marx no anulan su importancia como pensador, ni la grandeza de su esfuerzo. Se seguirá reflexionando sobre Marx incluso cuando se busque con dificultad los nombres de von Hayek y Friedmann en los diccionarios. Pero no es por su obra por lo que Marx ha tenido un inmenso papel en la Historia real. Marx no habría pasado de ser un Hobbes, un Montesquieu o un Tocqueville más si de él no hubiera podido extraerse un dogma -y si sus escritos no se prestaran a ello. Y si se prestan, es porque su teoría contiene algo más que simples elementos para ello. La vulgarización del marxismo (debida a Engels), que señala como fuentes de Marx a Hegel, Ricardo y los socialistas «utópicos» franceses, oculta la mitad de la verdad. Marx es también heredero del movimiento emancipatorio y democrático -de ahí su fascinación, hasta el final de su vida, por la Revolución Francesa e incluso, en su juventud, por la pólis y el dêmos griegos. Movimiento de emancipación, proyecto de autonomía, en marcha durante muchos siglos antes en Europa y que halla su culminación en la Gran Revolución. Pero la Revolución deja un enorme y doble déficit. Mantiene e incluso acentúa, procurándole nuevas bases, la inmensa desigualdad del poder efectivo en la sociedad, enraizada en las desigualdades económicas y sociales. Mantiene y acrecienta la fuerza y la estructura burocrática del Estado, superficialmente «controlado» por una capa de «representantes» profesionales separados del pueblo.”

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