Hace apenas unos años los juegos de video primero, y las “estaciones dedicadas” tipo Nintendo o PlayStation, más avanzadas, presentaron al mundo y especialmente a los niños, una forma nueva de entretenimiento que a la vez, se podía exhibir como un signo de estatus social. Pocos niños de las clases medias crecieron en la última década sin estos aparatos, hoy casi desplazados por los PDA y los celulares. Recientemente se ha cruzado una peligrosa frontera y lo que hasta hace poco era fuente de diversión se está convirtiendo en algo completamente nuevo. Desde Wolfengitmo, donde se puede jugar a escapar de los perros de la prisión de Guantánamo y ser golpeado por soldados norteamericanos, o la lista de juegos que se puede encontrar en este sitio y que se anuncian abiertamente como  “juegos racistas”, estamos ante el uso de los medios digitales para la constitución deliberada de una sensibilidad criminal.

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